lunes, 29 de septiembre de 2014

“La noción de poder popular en el pensamiento emancipatorio de la nueva izquierda latinoamericana






Bryan Seguel Gutiérrez.
Equipo de Investigación en
movimientos sociales y poder popular
UNIVERSIDAD DE CHILE

 ponencia presentada en el I Congreso Internacional Interdisciplinario de Pensamiento Crítico. Pensar América en diálogo, organizado por la Universidad Católica Silva Henríquez (Chile), la Universidad Santo Tomás (Colombia), la Universidad Federal de Bahía (Brasil) y la Universidad Nacional Tres de Febrero (Argentina). Santiago, Chile. 1 al 3 de octubre de 2014.






1.    El poder popular en la historia nuestramericana
El concepto de poder popular surge  en América Latina a mediados del siglo XX en el contexto de los procesos de movilización y democratización social de las clases subalternas latinoamericanas, llevados adelante en el marco del Estado Nacional Popular y la estrategia de modernización basada en la democratización política y económica. Desde el comienzo de su elaboración constituyó un punto de encuentro entre las distintas experiencias de lucha de los movimientos sociales y del pensamiento crítico latinoamericano que la acompañó, colocando el énfasis en las determinantes sociales de la producción de saber y los fines a  los que su elaboración contribuía. El puente entre saber, experiencia y el juicio de valor sobre los fines que orientan la generación de saber propició un punto de encuentro entre ciencia y política.  En palabras de Orlando Fals Borda, “no puede haber ningún valor absoluto en el conocimiento científico, ya que su valor variará según los intereses objetivos de las clases envueltas en la formación y acumulación del conocimiento, esto es, en su producción” (Fals Borda, 2010: 68).

Ese proceso de objetivación sobre las condiciones de posibilidad de la objetivación científica posibilitó la apertura de las ciencias sociales al contexto sociopolítico y a la innovación teórico metodológica. El desarrollo de las metodologías de investigación-acción-participativas, la teoría de la dependencia y la educación popular se constituyeron como los principales dispositivos de saber de las clases subalternas para el fin de la generación de una herramienta teórica intelectual que posibilitase: 1) la sistematización y formalización de las experiencias teórico-políticas acumuladas; 2) la auto-observación de los movimientos sociales de las clases subalternas; 3) la formación pedagógica de los propios movimientos. Se podría sostener, siguiendo a Mario Garcés (2012),Marcos Roitman (2008)  y a Orlando Fals Borda (1985) que la Educación Popular constituyó la “dimensión educativa” de los movimientos sociales (Garcés, 2013: 48), la metodología de investigación acción-participativa el dispositivo de producción de saber de auto-observación  (Fals Borda, 1985, 2010) y la teoría de la dependencia una respuesta teórica más contundente al optimismo de las teorías de modernización y democratización social y política por parte de los movimientos sociales (Roitman, 2008: 72-76). En definitiva, entre saber y poder, entre política y ciencia, la problemática de la transformación social se constituyó como objeto, contexto y/o fin de la reflexión teórica que permitió instalar el problema de la emancipación como una cuestión fundamental del quehacer intelectual y objetivo de la movilización política.

Sin embargo, el desarrollo teórico de la noción de poder popular no es depositario de la elaboración intelectual de las teorías críticas y sus principales referencias en la década de los sesenta-setenta la encontramos ligada a la política, específicamente, al desarrollo teórico de la Izquierda de la época.  En el caso argentino la encontramos asociada a la experiencia de movilización de fracciones de obreros urbanos del cono industrial bonaerense y sistematizado a nivel político por el Partido Revolucionario de Trabajadores- Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP) (De Santis, 2011. Leiva, 2010). En el caso  cubano, lo encontramos ligado al proceso de institucionalización de la revolución llevado adelante desde la década de 1970 (Bengelsdorf, 1977),  que culminará en la creación de la Asamblea Nacional del Poder Popular en una perspectiva de autogobierno (Fiordelisio, 2005). En el caso boliviano, surge como una denominación retrospectiva a la fracasada experiencia del nacionalismo revolucionario (Zavaleta, 1974). En el caso chileno, aparece en primera instancia en el programa de gobierno de la Unidad Popular para luego pasar a ser utilizado por la izquierda revolucionaria para referirse a las organizaciones autónomas de las clases subalternas chilenas (Cancino, 1988; Gaudichaud, 2006; Cárcamo, 2013; Seguel, 2014).  En los casos de  Nicaragua y el Salvador, ligado al desarrollo de las movilizaciones llevadas adelante por los sandinistas y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (Motta & Gutiérrez, 2011; UCA, 1984)

El giro autoritario que experimentó la región en la década de 1970, iniciado por el golpe de Estado brasileño y seguido por las dictaduras argentina, uruguaya, chilena y boliviana no sólo frenó el ascenso de las clases subalternas y sus principales movimientos sociales, sino que también detuvo el proyecto de democratización política y económica que sostuvo los principales procesos de liberación nacional en el continente y contrajo los incentivos para el desarrollo institucional de las ciencias sociales críticas.  El contexto autoritario, sumado al agotamiento del ciclo de industrialización por sustitución de importaciones y el escenario de crisis económica (crisis de la deuda), favoreció la generación de las condiciones políticas, económicas e institucionales para el giro neoliberal que azotó con mayor o menor profundidad a los países del continente dependiendo de la capacidad de resistencia, impugnación y ofensiva que evidenciaron las clases subalternas latinoamericanas.

En ese contexto la noción de poder popular volvió a re-posicionarse como una determinada manera de comprender la democracia y afrontar los desafíos políticos por parte de distintos movimientos sociales del continente. En ese marco de modificaciones estructurales, ya sea  por efecto de las reformas neoliberales o por el deterioro  de las condiciones generales de vida en el marco de la crisis de la deuda, evidenciaremos fuertes transformaciones en la acción colectiva de los movimientos sociales, en el marco político de la izquierda tradicional y de las condiciones de institucionales de la ciencias sociales más críticas. Desde la perspectiva teórica, evidenciamos un viraje en el objeto de la producción de las ciencias sociales que se desplaza desde los problemas del desarrollo y la modernización, hacia las problemáticas de la gobernabilidad democrática y el impacto de la focalización del gasto social en el marco del Estado subsidiario, dejando un espacio de reflexión intelectual vacante. Desde la perspectiva política, evidenciaremos una transformación en el clivaje “reforma/ revolución”, propio de la década de los sesenta, hacia un clivaje de tipo “democracia/autoritarismo” que traerá  transformaciones de consideración para la izquierda de matriz nacional-popular y para la izquierda de filiación socialista.  Y para los movimientos sociales, al evidenciarse transformaciones en sus condiciones estructurales y la emergencia de nuevos actores sociales y nuevas problemáticas política asociadas a demandas por sobrevivencia, defensa de posiciones gremiales y/o el buen vivir.

Estas transformaciones en curso son el campo en el que se reelaboran las relaciones entre saber y poder, por una parte, y sociedad y estado, por otra. En el caso político, la profundidad de estas transformaciones es lo que ha llevado a que algunos analistas señalen que las clásicas distinciones políticas entre “reforma y revolución” (Regalado, 2008) carezcan de potencial explicativo y que, por el contrario, un análisis de las orientaciones de las estrategias de acción de la izquierda en  la región debe ser capaz de atender a las especificidades de la disputa democrática del continente y evaluar sus límites y alcances en función de prácticas concretas: es decir, en relación a las orientaciones de sus políticas en 1) relación con las clases dominante; 2) a su política internacional; 3) a su  relación con el movimiento social y su base social, en términos de articulación, lucha y politización; 4) y al contenido específico de dichas políticas. (Gaudichaud, 2011: 28-30;  Wallerstein, 2008). En campo intelectual, mientras las ciencias sociales hegemónicas continúan en su viaje institucional en términos de construcción de conocimiento evidenciamos el surgimiento, a partir de las experiencias de movilización del las clases subalternas latinoamericanas, de una franja intelectual crítica asociada a lo que se ha denominado “Nueva Izquierda Latinoamericana” (Barrett, Chávez & Rodríguez-Garavito, 2008), que ha reactualizados debates tradicionales dentro del campo cultural de la izquierda, específicamente la recuperación de la noción de “poder popular”.

2.    Tres experiencias de desarrollo de la noción de poder popular en la nueva izquierda latinoamericana.

a)      Reelaboración de la institucionalidad desde la construcción de poder popular.
En el caso venezolano, el proceso de reformas sociales y políticas llevado adelante por Hugo Chávez desde el triunfo en 1998, materializado en la reforma constitucional del 2005  y del 2007, toma como elementos centrales de su construcción lo que Modesto Emilio Gutiérrez denomina “la ecuación chavista, compuesta por líder carismático, “partido militar” y movimiento social amplio (Guerrero, 2013).  La experiencia Venezolana y el curso que esta ha tomado evidencia las principales características de la impugnación al neoliberalismo  y de la ausencia de un movimiento popular organizado en torno a un proyecto de social decantado. En este caso, la impugnación a las políticas neoliberales toma un ribete pragmático, en el marco de una reelaboración de un proyecto nacional popular ligado a la democratización del Estado venezolano y consolidado en sus reformas constitucionales del 2005 y 2007 (Bozo de Carmona, 2008; Urosa, 2011). En esta situación, encontramos la utilización del Estado como una herramienta desde la cual construir un vínculo entre política y sociedad. Es un caso que se explica por la relación entre el sistema de partidos y los movimientos sociales, donde el clivaje político tiende a organizar una conflictividad segmentada, de exhortación populista hacia los movimientos sociales canalizando la conflictividad hacia la institucionalidad bajo la figura del líder político. Una vez llegando al Estado, se rearticula una alianza de poder cuyos pilares son la transferencia de renta petrolera a las capas más empobrecidas de la sociedad, mediante una política agresiva de prestación de servicios sociales y la exhortación permanente al movimiento popular urbano, como soporte electoral a un proceso de transición al socialismo que toma un ribete institucional. Desde el Estado y bajo el soporte de poder del “partido militar”, se proyecta la reorganización de una herramienta política (el Partido Socialista Unido de Venezuela) que busca la construcción de un proyecto de democratización social y político desde la generación de un Poder Popular como soporte de un Estado de tipo comunal (viraje estratégico anunciado por Chávez el 12 de octubre de 2012, bajo el lema: Estado comunal o nada”).

En el caso boliviano evidenciamos un proceso que, si bien presenta similitudes desde el modo en cómo la impugnación del neoliberalismo es asociada a un tipo de institucionalidad estatal que, junto con su crisis, catapulta a los partidos tradicionales fuera de la contienda política, da cuenta de un mayor desarrollo de sus clases subalternas y de sus herramientas políticas. La especificidad de este proceso es que esta movilización se ancla  en la resistencia indígena a las privatizaciones de los recursos estratégicos (agua, gas y plata) y a la defensa de sus modos tradicionales de economía comunal-agraria durante mayor tiempo (cultivo de coca) (Duterme, 2001), lo que permite la generación de una herramienta política propia (Movimiento al Socialismo, MAS). Sin embargo el itinerario es relativamente similar.  Tras las movilizaciones sociales conducidas por el movimiento indígena en contra de las reformas neoliberales que tuvieron su punto más álgido en las “guerras del gas” y del “agua”,  se acentúa un proceso de crisis institucional que culmina con la llegada del MAS al poder y el inicio de las reformas institucionales del Estado Plurinacional Boliviano (García Linera, 2007)

En ambos casos, el impacto en el campo político ha sido mayor que en el campo intelectual identificado con esa construcción siendo los trabajos del ministro Reinaldo Iturriza y Rosso Grimau (Venezuela) y los del vicepresidente boliviano, Álvaro García las excepciones. En ambos el referente de la construcción del poder popular se ha enmarcado en el desarrollo de la noción de soberanía popular y poder popular constituyente (Kalivas, 2005), tomando como principio de construcción una noción de Estado identificada como “materialización de la correlación de fuerzas fundacional que da lugar a un régimen estatal particular y de los medios por los que se reproduce legalmente” (García Linera, 2007: 66). Por ello la disputa se ha instalado al interior de la institucionalidad misma. A nivel teórico, junto con la noción de “poder constituyente” y “soberanía popular” ha sido importante el trabajo del teórico húngaro, Itsván Mészárov y su noción de interrupción del orden metabólico del capital desde la generación de un poder de mando de contenido subalterno (Mészárov, 2007). Podríamos señalar, como hipótesis, que la elaboración sobre el poder popular ha tomado un ribete más contingente, relacionado con las necesidades de la lucha política y la confrontación democrática.

b)      Construcción de poder popular, tensión y ruptura institucional.

En los casos argentino y mexicano las experiencias de construcción de poder popular han presenciado desarrollos orgánicos y teóricos diferenciados. En el caso argentino, la re-emergencia de  la noción de poder popular se encuentra anclada en gran medida a la experiencia de los movimientos de trabajadores desocupados del cono urbano bonaerense que, a diferencia de las movilizaciones obreras de la década de 1970, cuyo centro de la confrontación lo constituía el control obrero de la producción, organizan su movilización a partir del problema de la sobrevivencia y la disputa de los planes de trabajo al Estado argentino. En el caso mexicano, si bien inicialmente la problemática del poder de contenido subalterno es desarrollada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en términos de un autogobierno y control territorial, la puesta en marcha de lógicas cooperativas  de carácter comunal tras el despunte de 1994 ha tendido a agotar esta experiencia de construcción, evidenciando sus límites más críticos.  Si bien estos casos, han tenido menor impacto en el campo político han tenido mayor impacto en el campo intelectual, al menos en su producción textual.

El caso argentino es un buen ejemplo de las dificultades que la izquierda independiente ha tenido que experimentar  para sortear el reacomodo de la gobernabilidad democrática (Mazzeo, 2014; 2012). Si bien en este caso evidenciamos una crisis institucional con componentes de ruptura, la fortaleza cultural de la Matriz Nacional Popular, las transformaciones del movimiento popular argentino y la consolidación institucional del Estado Argentino impidieron que la crisis del 2001 fuese conducida e una perspectiva refundacional.  Es un caso en el que la hegemonía es reconstruida re-proyectando una estrategia de desarrollo de re-primarización de la economía (el cultivo de soya y la megaminería), apoyando al poder del agro, con una búsqueda de un sostén electoral mediante la exhortación del nacionalismo (Feliz & López, 2002). Esa conjugación de la centroizquierda ha permitido que la profundidad de las reformas institucionales sea calibrada al temple de la conflictividad social interna, protagonizada activamente por los sectores populares urbanos, pero capitalizada por las capas medias. Por ello la estrategia del Kirchnerismo ha desplegado una política astuta de cooptación hacia el movimiento piquetero, mediante el condicionamiento de los planes de trabajo (Campione & Rajland, 2006) y de tintes Nacional Popular sobre la defensa de prestaciones de servicios (salud y pensiones).  

Esa dificultad propia de la fortaleza de la hegemonía en argentina ha dificultado la construcción política y mermado el impacto de los movimientos sociales y políticos identificados con la construcción de poder popular; pero al mismo tiempo, ha exigido mayores niveles de elaboración intelectual. Esa tensión ha posibilitado un capo intelectual mucho más fértil para una generación intelectual  que converge en torno  a la narrativa del “ser en común”, el aporte de la teología de la liberación,  el marxismo heterodoxo  y las experiencias históricas de poder popular.[2] En esta reflexión se ha complejizado la noción de poder popular que surge en América latina, asociada más a la teoría de la dualización de poder presente en Lenin y Trotski (Zavaleta, 1974; Leiva, 2010), instalando la problemática de las mediaciones partidarias y de la relación entre partido y sociedad como un punto crítico. Ello queda reflejado en una  concepción más amplia de la democracia como medio y fin de la estrategia política y en un mayor grado de elaboración en un proyecto político antagonista. Pese a ello, el impacto en el campo político institucional ha sido leve, restándole potencial político y arriesgando que la experiencia acumulada por el Frente Popular Darío Santillán se agote en la experiencia del ciclo del 2001 al 2012.

La diferencia con el caso zapatista pasa por las características del movimiento indígena de la selva lacandona, la fragilidad del estado mexicano y al desarticulación del protagonismo del movimiento campesino asociado al desarrollo del sindicalismo agrario de la época nacional-popular. En este caso, el zapatismo si bien ha tenido un bajo impacto en el campo institucional ha tenido una fuerte proyección internacional que, en un determinado momento, lo posicionó como un movimiento con un triple desafío: ética, política y afirmativa (Le bot, 1997: 23). En ese sentido, el acierto zapatista fue el haber elaborado un lenguaje simbólico particular con capacidad de proyección internacional y renovador del sentido de la democracia abierta a la participación de los diversos actores que componen el heterogéneo mundo de las clases subalternas (construir un mundo donde quepan muchos mundos”).  

Ese sentido “emancipatorio” de la democracia y de la construcción de un poder social no coactivo es el sentido que se formaliza en la propuesta de John Holloway (2011) y, en general, en el campo de los intelectuales autonomistas y movimentistas. Si bien estas experiencias intelectuales han permitido oxigenar los proyectos sociales emancipatorios, el saldo negativo en sus efectos políticos nos inclina a considerarlos desde una perspectiva crítica. E el caso de las propuesta de John Holloway sobre la distinción entre “poder” y “potestas”, si bien nos permite marcar un acento sobre el contenido coactivo de las relaciones de poder nos arrastra hacia una consideración monista de las relaciones de dominación que cercena la iniciativa política de las clases subalternas bajo el alero de una propuesta monista de la fuerza social.










Bibliografía:
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3.     Bozo de Carmona, Ana (2008), “La Democracia, la Soberanía Popular y el Poder Popular a la luz de la Reforma Constitucional Venezolana de 2007”, Frónesis, v.15 n.1, Caracas abr. 2008
4.      Cancino, Hugo (1988), La problemática del poder popular en la vía chilena al socialismo,  Aarhus University Press, Dinamarca. 
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Duterme, Bernard (2011), “Movimientos indígenas en América Latina. Entre Rebeliones y poderes”, en: Gaudichaud, Franck (coor.), El Volcán Latinoamericano. Izquierdas, movimientos sociales y neoliberalismo al sur del Río Bravo, Ediciones Escaparate,  Concepción, pp. 95-107.
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22.  Mazzeo, Miguel (2014), Introducción a poder popular. El sueño de una cosa, Tiempo  Robado Editoras, Santiago.
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25.  Regalado, Roberto (2008), Los gobiernos de izquierda en América Latina, Ocean Sur, Bogotá.
26.  Seguel, Bryan (2014). “Prácticas de movilización y de subjetivación política en el desarrollo del poder popular en Chile, 1967-1973”, en: Ortiz, Matías y Seguel, Bryan (coor.), Poder popular, militancias y movimientos sociales durante el desarrollo del proyecto de la Unidad Popular, 1970-1973, Ediciones Escaparate, (en prensa).
27.  Universidad Centroamericana (UCA) (1984), Poder Popular en Nicaragua: hacia una caracterización del Estado Sandinista, sin edición.
28.  Urosa, Daniela (2011), “Alcance e implicaciones del poder popular en Venezuela”, Anuario de Derecho Público / Centro de Estudios de Derecho Público de la Universidad Monteávila, Caracas, 4, pp. 71-97.
29.  Wallerstein, Immanuel (2008),How Far Left Has Latin America Moved?: on line: http://www.iwallerstein.com/how-far-left-has-latin-america-moved/
30.  Zavaleta, René (1974). El poder dual en América Latina. México, Siglo XXI Editores.




[2] Entrevista por el autor de este texto a Miguel Mazzeo. Lanús, Buenos Aires. 6-08-2014.

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