miércoles, 27 de agosto de 2014

“Análisis de la formación del espacio público subalterno desde la conformación del campo cultural de la izquierda en Chile, 1965-1973”



Trabajo presentado a las IV Jornadas de Historia de las Izquierdas, organizadas por la USACH, el ARCIS, el IDEAS, la Revista Izquierdas y la Academia de Humanismo Cristiano.





1.     
            El estudio de la formación de la línea estratégica de la izquierda en Chile se ha desarrollado principalmente en torno al análisis de discurso de la dirigencias partidarias y sus intelectuales orgánicos. A partir de ello, las lecturas sobre la racionalidad política  y los errores del proceso de la vía chilena al socialismo han generado un tipo de análisis que desacopla la relación orgánica entre partidos, intelectuales y los movimientos sociales como campos de producción, circulación y usos. Este sesgo de observación ha determinado un tipo análisis que toma como sujeto del proceso a los intelectuales y a los partidos como campos cerrados de producción de sentido, generando una lectura de los procesos de politización sobre la base de la consideración de un modelo de racionalidad política estática. Desde esa posición, al proceso político chileno pudieron efectuar un tipo de diagnóstico sobre el funcionamiento del sistema de partidos y el régimen democrático, que al mismo tiempo que criticó elementos centrales del diseño político de la izquierda del momento, posibilitó un uso político de la memoria del proceso de politización popular.
            Uno de los focos del análisis de la experiencia de subjetivación y movilización popular llevada adelante por las clases subalternas chilenas se constituyó en la relación entre  sistema de partidos, movimientos sociales y estado. Las conclusiones a las que llegó  el grueso del campo cultural de la izquierda durante los ochenta tomaron una importancia central. La reflexión generada en ese contexto cargó  con el peso de la contingencia, posibilitando leer el fracaso de la Unidad Popular en sentido de futuro, fundamentando, así, el grueso de la estrategia transitológica que se puso en marcha desde mediado de los ochenta. La clave política para el éxito de la transición se leyó en la manera en cómo se identificó el fracaso de la Unidad Popular.
            En nuestro trabajo, ofrecemos un análisis alternativo centrado en la conformación de un espacio público subalterno como un campo cultural (en el sentido de Bourdieu), que nos permite identificar un punto de convergencia entre las diferentes racionalidades políticas de las tres culturas políticas que protagonizaron el proceso: el marxismo metodológico, el castro-guevarismo y el marxismo leninismo, como articulaciones sociales ampliadas.
            Este modo de comprender al campo cultural de la izquierda, nos permitirá atender a las articulaciones sociales, de tal modo de relacionar los procesos de circulación, producción y usos de las prácticas y discursos investigativos con un determinado contexto sociopolítico. Nuestro objetivo es criticar el uso político de la memoria de politización y subjetivación del movimiento popular efectuado por los intelectuales orgánicos de la transición. Proceso de construcción de una memoria política oficial efectuado en el tamiz de fondo de un modelo de racionalidad política formal, en torno a nociones generales del funcionamiento de una democracia, del estado de derecho, del régimen de partido; posibilitando, en esa construcción de una determinada memoria,  la evacuación de las prácticas de politización y subjetivación subalternas desplegadas por el movimiento popular chileno, sintetizadas en torno a la noción de poder popular y la reflexión que le antecedió y acompañó.  En otras palabras, la consideración del fracaso de la Unidad Popular como efecto de la rigidización del sistema de partidos, por la imposibilidad de estructurar un centro político estable, que hubiese permitido la generación de alianzas amplias, flexibles y moderadas que se sobrepusieran a la política de los resquicios legales. En suma, un problema de racionalidad política que exigía la morigeración de los proyectos políticos, un realismo para la mantención de alianzas amplias y flexibles que hubiesen asegurado un marco institucional para la resolución negociada de los conflictos sociales.
            Para criticar el uso político del campo cultural de la izquierda daremos cuenta de cómo entre 1965 y 1973 se fue constituyendo un determinado campo cultural, que nos permite leer, desde una perspectiva alternativa, la generación de un espacio público subalterno en torno al cual se fue decantando una dirección política colectiva. Puesto desde esa perspectiva, las tres culturas políticas señaladas, si bien constituyen respectivos campos culturales específicos, que configuran determinadas prácticas y lógicas que guían las acciones (illusios en el sentido de la sociología de Bourdieu), de tal modo de presentársenos como acciones y opciones socialmente necesarias, políticamente razonables y razonadas, no por ello el foco de la crítica debe quedar aprisionada en el marca de una determinada línea política. Por el contrario,  una crítica histórica que ponga en el centro los componentes políticos de la observación nos lleva a desplazar el sentido de la urgencia hacia otro lugar.
            La dificultad del proceso político en cuestión no pasó tanto por el “fracaso en estructurar un centro político viable en una sociedad altamente polarizada con fuertes tendencias centrífugas” (Arturo Valenzuela); por la “existencia de proyectos globales cerrados y excluyentes, incapaces de dialogar y llegar acuerdos” (Alejandro Foxley); o la  “incapacidad de la clase política chilena, que presa de atavismos ideológicos no supo administrar racionalmente las consecuencias del proceso de modernización e integración social que ella misma impulsó” (Javier Martínez y Eugenio Tironi).
            La dificultad del proceso quizás estuvo más cerca de lo que Tomás Moulián y Luis Corvalán Márquez han señalado.  Es decir, en la imposibilidad de establecer alianzas entre la izquierda y el centro, que hubiesen permitido la construcción de un “bloque por los cambios” como una alternativa a la política de los resquicios legales que terminó quebrando la forma tradicional de la política de compromiso. Como ha señalado Moulián en otro lugar, el principal déficit del proceso no fue el momento de la ruptura democrática del orden institucional, sino la ausencia de una discusión colectiva sobre el alcance del proceso mismo en términos de poder. En ese claroscuro, entre consolidación y ruptura, entre el “avanzar sin transar” y el “consolidar para avanzar”, la inexistencia de un debate sobre el poder y el decurso estratégico del proceso es la gran falla del campo cultural de la izquierda.  El problema no radicó en la existencia de una izquierda gradualista en oposición a una izquierda rupturista, que desde sus respectivos campos marcaban dos énfasis necesarios del proceso: 1) el de acumulación de fuerza política y el de las alianzas sociales para llevar adelantes trasformaciones sociales radicales de manera legítima; 2) el de la ruptura con una forma legal que institucionaliza la dominación de clase y se constituye como traba al proyecto de transformación social (la pregunta que se hace Boaventura Do Sousa Santo, ¿puede el derecho ser emancipatorio?).
            La vía chilena al socialismo careció de la institucionalización de un espacio público subalterno que hubiese generado una fuente de soberanía y de legitimidad, permitiendo el acoplamiento de los espacios de deliberación del movimiento popular con las mediaciones partidarias, copando en tensión creativa el aparato del Estado y atendiendo el momento de su ruptura. Sin embargo, que ese lugar no haya quedado institucionalizado no quiere decir que ese espacio no existió en la práctica. El análisis histórico del campo cultural de la izquierda, más allá de las matrices culturales, nos revela la confluencia de determinadas prácticas políticas que anticipaban el desarrollo de un poder popular constituyente generado a partir de la conformación de un espacio público subalterno que se fue fraguando a medida que la aporía del proceso quedó en evidencia: por una parte, en  la apelación de un poder popular sin sujeto ni referencia clara y, por otra, en la limitante de un proceso que extraía su legitimidad política en las mismas instituciones que decía combatir.

2.     
            Las principales referencias al Poder Popular se efectuaron en el programa de gobierno de la Unidad Popular, durante el proceso de campaña y el principal protagonista fue Allende. Luego la discusión continúa a raíz del desborde de la movilización de fracciones de trabajadores, que presionaron en la ampliación de las empresas del Área de Propiedad Social que decantarán en la formación del cordón industrial Cerrillos, el surgimiento de la Asamblea de Concepción, el manifiesto de Linares y hasta la creación masiva de los Cordones Industriales y Comandos Comunales en octubre de 1972. El grueso de la discusión y la experiencia se genera entre el paro de Octubre de 1972, hasta el fallido golpe de Estado del 29 de junio de 1973, para finalmente, concluir con una disputa mucho más política a partir de agosto hasta el golpe del 11 de septiembre. En esos momentos los principales protagonistas del debate fueron los líderes de los respectivos partidos políticos, intelectuales, analistas, organizaciones de trabajadores y dirigentes de base, como hemos constatado en la prensa de la época. En ese sentido, se puede observar que en torno a esta falencia estratégica señalada, se va generando un espacio público subalterno que modifica las características restrictivas de la política de compromiso, entre cuatro paredes e intrapartidarias, y van ampliándose los espacios de reflexividad y debate, precisamente porque las prácticas de movilización van transformándose y modificándose, lo que permite generar nuevos espacios de subjetivación política, de politización por fuera de las mediaciones tradicionales, ampliando los espacios de ejercicio de soberanía.
            La tensión entre el gobierno de Allende y las organizaciones e instituciones autónomas de las clases subalternas se originó en el diseño de gobierno (Programa de la Unidad Popular, UP), donde el protagonismo popular quedó reducido a la gestión y ejecución de las políticas orientadas desde el viejo estado burgués. Poder popular para la UP significaba la subordinación de la iniciativa popular a las mediaciones de los partidos oficialistas y a las acciones en el Estado. Por eso, a medida que el Estado perdía capacidad de dirección del proceso, el protagonismo se desplazó hacia otros escenarios, y otras territorialidades, acotadas a una fábrica, un fundo, un liceo, una comuna. 
            Esa tensión práctica del proceso ha permitido que los intelectuales ligados al Partido Comunista, al Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) o a la renovación socialista sostengan tesis como la “polarización de dos tácticas en contradicción”, tomando como sujeto del proceso a los partidos y reduciendo el protagonismo popular a una mera masa de maniobra y apoyo. Cuando por el contrario, el estudio historiográfico nos demuestra que, en ningún momento, las organizaciones autónomas del pueblo se plantearon en oposición al ejecutivo, sino en una relación de horizontalidad, de tensión y confrontación en vista a la realización del programa que llevó a Allende a la presidencia.
            La constatación del desplazamiento del imaginario político ya señalado, nos permite afirmar que la noción de poder popular no constituye una “creación” por parte de una organización política específica, sino que es la expresión de una línea de acción y una  práctica de politización común al movimiento popular de la época, que actúa como soporte de su ascenso entre 1967 y 1973 y que lleva a Salvador Allende al gobierno bajo la combinación de lucha de masas, trabajo reivindicativo y disputa electoral. La amplitud táctica estaba en el movimiento de masas y siempre lo estuvo. El campesino que se tomó el fundo, el trabajador que se tomó la fábrica, fue el mismo que votó por el “compañero Allende”. La disputa táctica fue a nivel de orientaciones de partidos y por la conducción del proceso. Hasta ahora, los historiadores y cientistas sociales no han hecho más que proyectar esa disputa a la producción de conocimiento, porque los sujetos de sus historias políticas y trabajos han sido los partidos, la democracia en abstracto y no los movimientos sociales.
            Esta tensión presentada como contradicción, es el resultado de una lectura posterior efectuada con fines políticos, con el objetivo de marcar diferencias en el presente y atribuir responsabilidades históricas, reduciendo el camp de las alternativas de acción. Puesto en perspectiva de mediano plazo, las prácticas de politización subalternas del movimiento popular fueron el modo histórico de ejercer soberanía e incidir en las orientaciones políticas, pasando de la mera interrupción del orden sucesivo del capital (cortes de ruta, toma de empresas y fundos), hasta llegar a expresiones de organicidad, reflexividad y autonomía que posicionaron a las organizaciones populares en un plano de horizontalidad con el ejecutivo (los cordones industriales y los comandos comunales) y en tensión creativa con las formas institucionales.
            Esta manera de considerar las prácticas del poder popular evidencia la inexistencia de una teoría del poder popular, sea como soporte estratégico, o cómo régimen de transición hasta la entrada de la crisis de octubre de 1972, vacío que hemos constatado en otros estudios.  Lo que pese a todo no deja de ser positivo.  El poder popular como práctica y modo de intervención es una creación genuinamente plebeya de las clases subalternas chilenas y fue el desarrollo de un sentido práctico de la disputa política, que por el mismo motivo, no estuvo exenta de dificultades.
            La necesidad de otorgar mayores claridades estratégicas a los participantes del proceso de la Unidad Popular, movilizó a trabajadores, intelectuales, políticos, dirigentes sociales y organizaciones políticas a romper con las formas clásicas de la política de compromiso, visibilizando las diferencias políticas con miras hacia la disputa de la hegemonía del proceso. Discusión y proceso de disputa que no puede ser concebido sin la generación de una espacio público subalterno, en cual encontrar puntos comunes y superar las diferencias.  La especificidad del espacio público subalterno se desprende de la situación de crisis orgánica de la sociedad chilena del momento, en el cual la dinámica del antagonismo favoreció la polarización y, por tanto, la politización de los espacios cotidianos de vida, generando lo que Gramsci denominó “espíritu de escisión y  ruptura”. Es decir, la conformación de un bloque histórico en perspectiva de ruptura democrática.
            La deuda estratégica y la ausencia de un espacio público generaron un incentivo para formar este tipo de espacios de diálogo, visibilizando las diferencias con miras a la generación de puntos de acción común. La problemática del poder planteada por la movilización y organización desde la base del movimiento popular, tuvo a nivel político y teórico diferentes respuestas. Tanto intelectuales, analistas, militantes de base, personeros de gobiernos, como jefes de partidos se embarcaron en un discusión teórica sin referencias previas en Chile ni en América Latina.  La tribuna generada para este esfuerzo de la dirección colectiva del bloque socialista se realizó en los periódicos, prensa de izquierda y en foros organizados por sindicatos y organizaciones sociales.
3.     
            Finalmente, me gustaría instalar una reflexión sobre el uso político de la memoria. Como señala Pilar Calveiro, “toda reorganización hegemónica pretende la instaurar un corte radical con aquella que le precedió pero, en realidad, los procesos históricos y sociales no operan de esta manera sino que permanentemente inaugurando  lo novedoso a la vez que establecen nexos y continuidades con lo ya vivido (…) Para abrir el pasado, y con él, el presente y el futuro, hay que hacerlo encontrando las coordenadas de sentido de ese pasado y, al mismo tiempo, los sentidos que el mismo adquiere a la luz de las necesidades del presente.
            (…) según como se acople la memoria del pasado a los desafíos del presente, se estará construyendo un relato que puede ser resistente o funcional al poder”. La reconstrucción de la formación del espacio público subalterno durante el desarrollo de la discusión estratégica de la vía chilena al socialismo pudo leerse en sentido sacrificial  o en sentido de lucha.  Una lectura que orientó el grueso del análisis hacia los errores políticos, singularizando las responsabilidades en las organizaciones sobre la luz general de las consideraciones de la democracia, orden legal y sistema político en abstracto, implícitamente lleva la carga de la aceptación del rechazo del proyecto de la Unidad Popular y de la aceptación de la  refundación institucional de la dictadura. Sobre ese eje, todo exceso de la violencia estatal, toda violencia de la reconversión productiva y todo viraje en las orientaciones culturales delos partidarios de la Unidad Popular serán vistas como un sacrificio necesario en el altar de la gobernabilidad democrática y económica. 
            Reconstruir una memoria de la politización subalterna necesariamente nos lleva a criticar tanto el uso político transitológico como historiografía que toma el modelo sacrificial de la gesta heroica, cercana a la historiografía mirista. Reconstruir la huella de ese proceso implica sacar como sujeto de la historia la racionalidad política de tal o cual dirigente, de tal o cual partido y colocar el énfasis en las prácticas comunes que van conformando las diversas organizaciones políticas y los movimientos sociales como un  bloque histórico. De esta forma, podemos atender a los acoplamientos generados entre discursos y prácticas, dando cuenta de las mediaciones históricas entre ambas, a sus desplazamientos, sus omisiones y usos políticos. 
            Siguiendo esa ruta de análisis podremos entender por qué la noción de poder popular que originariamente surge en el programa de gobierno de la Unidad Popular en 1970, va progresivamente desplazándose hacia el campo de la izquierda revolucionaria hasta quedar inscrita en el imaginario político de una cultura de izquierda determinada (la cultura mirista). También nos permite comprender por qué el discurso transitológico se constituye como un cierre a ese tipo de experiencia y por qué, al mismo tiempo, lo sitúa como un “afuera” no-político al orden político construido en la dictadura y la transición, cuando precisamente ese tipo de práctica y experiencia se constituyó en el dinamizador del proceso de construcción del socialismo en Chile.


Muchas gracias.
mzg.
IV Jornada de historia de las izquierdas en Chile.
           




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