martes, 27 de mayo de 2014

Prácticas de poder popular y ruptura democrática. Chile, 1965-2014.




bryan  seguel[1] y miguel urrutia[2]
Equipo Interdiciplinario en
 Movimientos Sociales y Poder Popular

Rebelion.org
alasbarricadas.org
poderymovimientos.cl 
Tiempo Robado editoras

La metáfora del mapa y el territorio nos resulta útil para dar cuenta del aporte que las reflexiones de Miguel Mazzeo nos entregan para la comprensión de las dinámicas de los movimientos sociales y las experiencias de poder popular, sin caer en la tentación de las definiciones restrictivas y con el reconocimiento de que son los mismos movimientos en sus procesos de lucha, resistencia y antagonismo quienes van construyendo sus propias alternativas políticas.
Así como todo mapa se constituye en una representación y no en un calco del territorio que designa, estas reflexiones sobre las características del poder y la subjetividad subalterna nos entregan algunas coordenadas que nos permiten identificar tres dimensiones indispensables en toda práctica con pretensiones de transformación social radical: 1) la posición desde dónde nos situamos en el concierto de todas las prácticas y actores sociales de una determinada sociedad, desde donde vivenciamos históricamente (dimensión ético-moral y proyectual); 2) un marco desde donde vamos (de)codificando e identificando las características socioculturales de la sociedad en la que nos toca intervenir, las relaciones entre sus actores, sus instituciones, sus fortalezas, contradicciones y puntos de fuga (dimensión táctico-estratégica); y 3) una relacionada con las herramientas de acción y modos de intervención para realizar nuestro cometido (dimensión técnico /instrumental). 
Desde ese uso del texto, del texto-mapa y cartografía-no calco, como dirían Deleuze y Guattari;[3] del texto abierto hacia la experimentación de lo real es que surgen algunas de las claves de lectura que queremos aportar al público chileno interesado en el estudio y las prácticas de poder popular. Claves de lectura desde un enfoque geopolíticamente subalterno en la historia de nuestra sociedad, y epistemológicamente periférico en la generación de saber de las instituciones.

1)    Democracia de los comunes y  prácticas de politización en Chile.
En nuestro país, hasta hace unas décadas, el concepto de poder popular  constituyó un comodín con el que el relato oficial de la construcción del orden democrático chileno ocultaba el proceso de politización y movilización social que llevó a Salvador Allende a la presidencia, a la polarización de la sociedad, el quiebre de la democracia y a la dictadura militar. El poder popular era el significante de connotación negativa de la experiencia de democracia de base, de cuestionamiento del orden social llevado hasta sus últimas consecuencias y principal  responsable de los costos humanos de la dictadura militar. Frente a esa experiencia, los intelectuales orgánicos de la transición construyeron un relato que en su sentido grueso identificaba tres aspectos claves que agotaban la lectura del proceso: 1) la polarización del conflicto político, producto de la existencia de proyectos sociales excluyentes, 2) la rigidización del sistema político y la imposibilidad de concertar alianzas amplias y moderadas, y 3) la generación de expectativas sociales irreales por parte de los grupos de presión. Este relato transitológico contenía el grueso de la explicación del proceso fallido de la Unidad Popular[4] y presentaba la experiencia de poder popular de los distintos movimientos sociales como toda la democracia posible a la que pudo llegar el movimiento popular chileno en el marco de una sociedad capitalista, estructuralmente heterogénea y dependiente.
Esa operación intelectual de lectura histórica con sentido de presente permitió delimitar el marco político de lo posible, fundando un nuevo orden sociopolítico y distribuyendo responsabilidades diferenciadas en el conjunto de la sociedad.  Presentó al poder popular y el desarrollo de la soberanía de las clases subalternas como un imposible. Por la vía de la exclusión y marginación de esa  experiencia histórica, este relato instituyó un realismo político acotado a las reglas del juego heredadas, modelando un tipo de institucionalidad política acorde a la estructura económica generada en dictadura, y subordinando las metas políticas a la realización de la gestión económica. Se construyó así un discurso histórico-político que expiaba a socialistas devenidos en renovados, marginalizaba las opciones de la izquierda revolucionaria identificadas con esas prácticas de poder y democracia, resguardaba los nuevos poderes fácticos y consolidaba un consenso político y social  acorde al juego de intereses generados. Ese consenso “en la medida de lo posible” fue la “Concertación de Partidos por la Democracia” y, constituye hoy, el marco general de la Nueva Mayoría.
Este discurso institucional fue resquebrajándose a medida que se profundizaron los efectos de la aplicación a rajatabla del modelo de desarrollo neoliberal, asentando bolsones de descontento en distintos grupos sociales que, por décadas, fueron objeto de la administración técnico-política que había terminado provocando una aceptación pasiva del orden instituido ilegítimamente por la vía de la fuerza. Pero, como nos lo recuerda  Nicholas Abercrombie,  la aceptación pasiva de un orden no es sinónimo de aprobación del modelo cultural de una sociedad expresado en sus instituciones y normas sociales.[5] En Chile, para que ese descontento larvado deviniese en impugnación se requerían movilización, imaginación y utopía. Movilización, para que  los espacios de resolución institucional no se constituyeran como las únicas vías de procesamiento consensuado de las demandas sociales, favoreciendo el surgimiento de prácticas antagonistas desde donde propender a la subjetivación política subalterna.[6] Imaginación, para romper la racionalidad política  de la “medida de lo posible” e idear nuevas alternativas y mecanismos de ejercicio de la soberanía. Utopía, para re-posicionar en el horizonte de la acción social un sentido histórico abierto al campo de las posibilidades y oportunidades que la guían.[7] Así, las fuerzas puestas en juego por las movilizaciones sociales desde el 2002 fueron acumulándose, de manera creciente hasta las movilizaciones del 2011 que favorecieron una transversalización y amplificación del descontento.
El efecto de estas movilizaciones fue el cuestionamiento parcial del relato hegemónico, según el cual las lógicas del mercado son las metas legítimas desde las cuáles organizar las instituciones y la vida en común, y el rechazo al núcleo político de la sociedad neoliberal chilena. Sin embargo, impugnación no es sinónimo de modificación y, la política, como juego de fuerzas de suma cero,  rápidamente tiende a copar las posiciones abiertas, dotando de sentido a los acontecimientos sociales. Por eso es que, de izquierda a derecha, se generaron distintos relatos que buscaron traducir políticamente el descontento con mayor o menor éxito. Desde la derecha, éste fue procesado como una búsqueda por profundizar los nichos del mercado. Desde la izquierda, el malestar fue interpretado como una expresión del derrumbe del modelo y de rearticulación de una nueva sociedad civil. Y, para la centroizquierda, fue y es una búsqueda de corrección de los excesos más sensibles del modelo, discurso que, con cerca de un 60% de abstención, se impuso electoralmente.
Hoy asistimos a un triunfo parcial del discurso moderado de centroizquierda, de recomposición del consenso puesto en entredicho por las movilizaciones y las prácticas de politización subalternas de los movimientos sociales. La amplitud de ese proceso de reconstrucción del consenso estará delimitada por el fino espacio que deja la contienda política, desde donde podemos ir generando una ruptura con el orden heredado, ampliando los ejercicios de autonomía política y de reflexión. Para ello, es necesario criticar el uso transitológico de la experiencia de poder popular llevada adelante por las clases subalternas chilenas entre 1967-1973, y politizar la memoria histórica, en el sentido de recuperar en nuestro imaginario político los elementos que nos permitan hacer de nuestra experiencia reciente un arma cargada de futuro.
Desde esa temporalidad que concibe a la memoria como duración social de los acontecimientos disruptivos, creemos que podemos contribuir a la politización de la experiencia de poder popular que los distintos movimientos sociales han puesto en juego en el reciente ciclo de movilización. Con imaginación pero con sentido de realidad, podemos ir articulando experiencias cotidianas de lucha y antagonismo sobre movimientos orgánicos y ejes políticos que nos permitan ganar confianza, capacidad de creación y de disputa.
Este texto que nos presenta Miguel Mazzeo permite alimentar la imaginación política de aquellos ciudadanos de a pie, sindicalistas, militantes barriales, ambientalistas, feministas y estudiantes que creen que la construcción de otro mundo es posible y realizable. Nos alienta a pensar que podemos contribuir a ese proceso con el desarrollo de prácticas y políticas de poder popular que permitan descomponer los mecanismos consensuales de la dominación burguesa, a través de una praxis que rompa los límites de lo posible y anticipe el proyecto social alternativo a las lógicas del capital. Nos ayuda a desbaratar los discursos ideológicos que reducen el vivir al mal vivir, la política a la mera gestión y la economía a la explotación de hombres, mujeres y de nuestro ecosistema. Nos entrega herramientas que pueden contribuir a contener la dispersión de los esfuerzos de activistas y militantes, haciendo posible que los proyectos individuales se realicen colectivamente; y a entender que podemos cambiar el mundo sin marginarnos del poder, porque vamos generando rupturas en el orden sucesivo de las cosas y construyendo poder popular en diferentes escenarios de lucha desde el interior del sistema capitalista y su democracia restringida.
Para ello es necesario que ensanchemos, desde nuestras coordenadas, la capacidad política de nuestro pueblo y que recuperemos en nuestras claves de lectura de la realidad, la noción de poder popular, que la dotemos de mayores contenidos y que ampliemos su horizonte práctico. Se trata de lograr la convergencia de las distintas iniciativas de activistas sociales que decididamente hacen de su vida una lucha cotidiana. Convergencia para la cual se requiere dejar la discusión diletante de lado, sacarnos los trajes y las certezas de corto alcance, las etiquetas segregadoras. Deshabitar el reino de las formas, de las estrategias prefabricadas en Rusia, Cuba o China y mirar más a Venezuela, Argentina, a la experiencia chilena, a Bolivia, a El Salvador o a Nicaragua en perspectiva.
El socialismo es una empresa horizontal de aquellos que viven de su trabajo y no a costa de la usurpación del trabajo ajeno. Es una empresa creativa y de elaboración por excelencia. Avanzar en ello nos exige de-construir los discursos historiográficos “partidocéntricos” y “estadocéntricos” que gravitan en torno a las experiencias históricas de poder popular y restituirle su importancia como referente de construcción, politización y subjetivación antagonista.  Nos exige desmontar los mitos de la democracia transicional y los relatos de la izquierda revolucionaria tradicional. Es un esfuerzo, como diría Mazzeo, de politización en dos frentes: 1) hacia el interior de las experiencias de subjetivación para determinar las acciones que favorecen el surgimiento de prácticas de poder popular, ajustándolas estratégicamente para darles proyección (lo que el autor denomina el desarrollo de la conciencia gubernamental);[8] y, 2) de confrontación y ruptura democrática para subvertir los mecanismos consensuales de desactivación de las demandas y proyectos sociales contrahegemónicos, ganando posiciones y apuntalándolos desde distintos espacios.
Es un esfuerzo por identificar los elementos de nuestra memoria histórica que nos permitan trazar un puente con nuestra experiencia reciente y desde dónde podamos criticar el uso instrumental de las recientes movilizaciones, como soportes para la ampliación del consenso puesto en entredicho (crítica al mito transicional y al límite de la Nueva Mayoría). Pero al mismo tiempo, es un esfuerzo de articulación de una política emancipatoria que, sin marginarse de la disputa,   construye espacios de antagonismo que nos permiten  anticipar los horizontes políticos de la sociedad del mañana, ocupando posiciones, construyendo una alternativa política de transformación y ruptura (momento de la ruptura democrática como expresión del poder popular). En otras palabras, constituye una lucha por construir una voz y un sujeto/a colectivo/a estratégicamente situado desde el “demos”, del pueblo, como una posición de vida y no como un irreductible (dimensión ético-moral, proyectual), desde donde posibilitar que las experiencias colectivas de lucha y movilización se proyecten como una práctica reflexiva geopolíticamente situada (dimensión táctico-estratégica) y que permitan la generación de  un sentido colectivo convergente en torno a un proyecto de cambio social radical.  Un horizonte político que no renuncie al realismo ni que reduzca la vida al desencanto de la racionalidad, que evite la política del pragmatismo (el hacer en la medida de lo posible) y la radicalidad abstracta de la vieja izquierda leninista y ácrata (el hacer nada por buscar cambiar todo). Avanzar en ese objetivo requiere desmontar el fundamento histórico del mito transitológico y tomar aquello que precisamente se buscó sepultar como un punto de partida para la reflexión: la experiencia de politización subalterna y las prácticas de poder popular. 

2)    Prácticas de poder popular y clases subalternas: entre  la vía chilena al socialismo y el cierre transicional.
La formulación de las nociones estratégicas de poder y las prácticas de poder popular en Chile deben ser abordadas desde la conformación de culturas políticas, entre las cuáles distinguimos tres: el marxismo metodológico (Partido Socialista, PS; Movimiento de Acción Popular Unitario, MAPU), el marxismo-leninismo (Partido Comunista, PC), el castro-guevarismo (Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR).[9] Este énfasis en las culturas políticas  nos permitirá comprender las prácticas de poder popular sin mantener el eje del análisis en los partidos como entidades cerradas, como lugares de la creación, sino atendiendo a las articulaciones sociales entre partido-sociedad como campo de circulación, producción y usos. Tomando como centro las prácticas históricas podemos construir una clave de análisis que nos ayude a comprender el por qué en el mito transitológico se ha superpuesto una noción y práctica de la democracia con una determinada cultura política, con una clara intencionalidad de desplazarla de la memoria social y contener un tipo de democracia disruptiva del orden hegemónico.
Nuestra manera de comprender el fenómeno de politización y subjetivación subalterna se distingue del modo clásico con el que hasta ahora se ha estudiado. La mayoría de los analistas se han dedicado a evaluar las prácticas de politización a la luz de la teoría de Estado y de “dualidad de poderes” en un marxismo huero,[10] introduciendo prácticas específicas y dinámicas de relaciones sociales en esquemas teóricos formales. Construyendo discursos históricos acomodaticios, dependiendo de la filiación cultural de cada observador, se han realizado operaciones de cirugía  que  han restringido el significado y proyección histórica del poder popular en nuestro territorio, buscando la línea correcta de tal o cual organización, en tal o cual práctica y discusión teórica de tal o cual dirigente, a la luz de la corroboración de tal o cual línea política o estrategia general.
Analizar a la izquierda chilena como un campo cultural, permite comprender las articulaciones partidarias como relaciones sociales institucionalizadas en una determinada estructura social y en un determinado contexto sociocultural.[11] De esta forma, podemos atender a los acoplamientos generados entre discursos y prácticas, dando cuenta de las mediaciones históricas entre ambas, a sus desplazamientos, sus omisiones y usos políticos.  Siguiendo esa ruta de análisis podremos entender por qué la noción de poder popular que originariamente surge en el programa de gobierno de la Unidad Popular en 1970, va progresivamente desplazándose hacia el campo de la izquierda radical hasta quedar inscrita en el imaginario político de una cultura de izquierda determinada (la cultura mirista), pese a constituirse como una práctica política transversal a varias organizaciones que la reivindicaban a nivel discursivo y político[12]. También nos permite comprender por qué el discurso transitológico se constituye como un cierre a ese tipo de experiencia y por qué, al mismo tiempo, lo sitúa como un “afuera” no-político al orden político construido en la dictadura y la transición, cuando precisamente ese tipo de práctica y experiencia se constituyó en el dinamizador del proceso de construcción del socialismo en Chile en una perspectiva propia que conjugaba democracia y socialismo.
Creemos que esta peculiaridad se juega en que las prácticas de poder popular son una estrategia performática, que avanza copando espacios y liberándolos en la puesta en marcha de relaciones sociales antagonistas con la lógica del capital. La cultura mirista y ciertos sectores del partido socialista, se asentaron en esa práctica de politización y acumularon militancia desde esa subjetividad política.[13] En otras palabras, articularon una militancia en los sectores que generaron mayor dinamismo en la escena política (el campesinado, los pobladores, estudiantes  y los trabajadores de industrias de mediano tamaño), haciéndose parte del proceso y proyectándolo en perspectiva de ruptura con el orden burgués.
La tensión entre el gobierno de Allende y las organizaciones e instituciones autónomas de las clases subalternas se originó en el diseño de gobierno (Programa de la Unidad Popular, UP), donde el protagonismo popular quedó reducido a la gestión y ejecución de las políticas orientadas desde el viejo estado burgués. Poder popular para la UP significaba la subordinación de la iniciativa popular a las mediaciones de los partidos oficialistas y a las acciones en el Estado. Por eso, a medida que el Estado perdía capacidad de dirección del proceso, el protagonismo se desplazó hacia otros escenarios, y otras territorialidades, acotadas a una fábrica, un fundo, un liceo, una comuna.[14] Y es precisamente en esos espacios donde la cultura mirista y socialista asentó el grueso de su militancia.
Esa tensión del proceso práctico ha permitido que los intelectuales ligados al Partido Comunista, al Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) o a la renovación socialista sostengan tesis como la “polarización de dos tácticas en contradicción”, tomando como sujeto del proceso a los partidos y reduciendo el protagonismo popular a una mera masa de maniobra y apoyo. Cuando por el contrario, el estudio historiográfico nos demuestra que, en ningún momento, las organizaciones autónomas del pueblo se plantearon en oposición al ejecutivo, sino en una relación de horizontalidad, de tensión y confrontación en vista a la realización del programa que llevó a Allende a la presidencia.
La constatación del desplazamiento del imaginario político ya señalado, nos permite afirmar que la noción de poder popular no constituye una “creación” por parte de una organización política específica, sino que es la expresión de una línea de acción y una  práctica de politización común al movimiento popular de la época, que actúa como soporte de su ascenso entre 1967 y 1973 y que lleva a Salvador Allende al gobierno bajo la combinación de lucha de masas, trabajo reivindicativo y disputa electoral. La amplitud táctica estaba en el movimiento de masas y siempre lo estuvo. El campesino que se tomó el fundo, el trabajador que se tomó la fábrica, fue el mismo que votó por el “compañero Allende”. La disputa táctica fue a nivel de orientaciones de partidos y por la conducción del proceso. Hasta ahora, los historiadores y cientistas sociales no han hecho más que proyectar esa disputa a la producción de conocimiento, porque los sujetos de sus historias políticas y trabajos han sido los partidos, la democracia en abstracto y no los movimientos sociales.
Esta tensión presentada como contradicción, es el resultado de la operación de renovación intelectual (por parte de socialistas renegados) y de “lavado de manos” (por parte de las filiaciones comunistas). En realidad, las prácticas de politización subalternas del movimiento popular fueron el modo histórico de ejercer soberanía e incidir en las orientaciones políticas, pasando de la mera interrupción del orden sucesivo del capital (cortes de ruta, toma de empresas y fundos), hasta llegar a expresiones de organicidad, reflexividad y autonomía que posicionaron a las organizaciones populares en un plano de horizontalidad con el ejecutivo (los cordones industriales y los comandos comunales) en perspectiva de ruptura con el sistema de dominio.
Esta manera de considerar las prácticas del poder popular evidencia la inexistencia de una teoría del poder popular, sea como soporte estratégico, o cómo régimen de transición hasta la entrada de la crisis de octubre de 1972, vacío que hemos constatado en otros estudios.[15] Lo que pese a todo no deja de ser positivo.  El poder popular como práctica y modo de intervención es una creación genuinamente plebeya de las clases subalternas chilenas y fue el desarrollo de un sentido práctico de la disputa política, forjado durante décadas de movilización y desarrollo de experiencias políticas antagonistas, articuladas en “tensión creativa” con las formas partidarias e institucionales.
Dicha creación original del movimiento popular se acopló históricamente[16] a la cultura mirista, como resultado de la acción genocida de la dictadura y el viraje en la década de los ochenta de la línea estratégica del socialismo chileno en el proceso de “renovación”.  Esto permitió que “la cultura mirista” fuese superpuesta como la creadora y a la vez responsable de las prácticas de poder popular, resultado del mantenimiento por parte del MIR de una línea de acción que identificaba en la movilización y protagonismo popular, un componente esencial de la construcción política. En parte por esta decisión política y como resultado de que su franja de militantes más decididos, asumiera sacrificialmente, hasta las últimas consecuencias, su compromiso individual con el movimiento popular y el proceso político, es que se puede entrever en la memoria social una operación de refundación política que tiene un componente de trauma individual y colectivo, otro de identificación de responsabilidades socialmente diferenciadas y, finalmente, uno de generación de una reflexión que posibilitó la construcción de un  marco de refundación democrática que se planteó la superación de los excesos: el de la violencia del Estado chileno como respuesta a la pretensión de democratizar la sociedad llevado adelante por las clases subalternas, y cuya expresión de avanzada fueron las prácticas de poder popular.
Fue esa experiencia de trauma, de violación y ultrajamiento de los cuerpos individuales de los militantes sociales, lo que permitió la generación, en la década siguiente, de una reflexión política que identificó responsabilidades diferenciales, según las clases sociales y organizaciones políticas, trasladando el objeto del trauma de los cuerpos individuales al cuerpo colectivo. Construyendo así, una experiencia  de “horror pedagógico”, cuyo sentido histórico fue el de desmontar del campo cultural de la izquierda las prácticas de poder popular, negándolas como componentes de la construcción de democracia y de proyecto de sociedad. Sólo así se puede comprender por qué, al negar las prácticas antagonistas de poder popular como la experiencia más radical para el desarrollo de la soberanía y la democracia, se instituye un simulacro de las mismas, refractarias a la politización. La despolitización es así consustancial al orden democrático constituido, porque se saca el desacuerdo y el antagonismo propios de la democracia y se lo estabiliza como una forma simulada del control social. Se desplaza la democracia de la política y se la coloca como un dispositivo de gubernamentalidad. Se niega la libertad, porque se la desarticula de la justicia social, de la lucha de clases.
Por el contrario, el ejercicio de re-politización de nuestra historia reciente no pasa por la generación de un acto de conmemoración de “lo que fue”, sino por hacer del “puede ser” el acto político por excelencia.  Pasa por re-conectar el sentido histórico de la experiencia más radical de democracia y soberanía que se sintetizó en las experiencias de poder popular, con nuestra imaginación política y  experiencia reciente de movilización, haciendo de “esa historia”,  “nuestra historia”, el espacio donde el “nosotros” se encuentra, se produce y se desarrolla.
Reconectar el sentido histórico de las prácticas de poder popular pasa por comprender: 1) que la violencia más radical en contra del capitalismo es la afirmación de una clase que, en su cooperación productiva, desafía las lógicas sociales del mando y la obediencia; 2) que el problema  de la violencia del estado moderno va más allá de sus eventuales prácticas policiales, puesto que dicha violencia comienza con la fundación del derecho y la pretensión de representación del poder social bajo una forma jurídico-estatal; y, 3) que la división social del trabajo y la institucionalización de sus relaciones desiguales, integradas asimétricamente hacen imposible el sostenimiento de un horizonte de libertad y autodeterminación colectivo, que no se plantee el problema del antagonismo de la lucha de clases y la generación de un poder de mando social ejercido desde la mancomunación de los asuntos de la vida en común. 
Recuperar las prácticas de poder popular del mito transitológico ideado en los 80’, -que sirvió como marco cultural desde el cual refundar el orden democrático- y de-construir el discurso historiográfico que lo superpone con la historia de la agencia partidaria, no significa tirar al tacho el problema del partido, como tampoco el de la democracia, o del Estado, sino re-formularlos. El análisis de esta experiencia nos permite comprender por qué la despolitización subalterna es consustancial al orden constituido, y por qué hoy la cultura de izquierda más radical está reducida a un ritual conmemorativo, complementado culturalmente por el mito transitológico que ha operado institucionalmente como cierre a la politización subalterna. Asimismo, este análisis, permite comprender la paranoia de la elite chilena: el miedo al enemigo interno, a la democracia verdadera, al demos kratos, al poder del demos, el miedo al poder popular.
Para avanzar en el desmontaje de la despolitización es necesario romper el imaginario del poder popular como patrimonio mirista y restituirlo como la conquista más avanzada en democracia, soberanía y autonomía que el movimiento popular chileno impulsó durante más de cien años de antagonismo político de clase, acción directa e imaginación política instituyente. Se deben reconocer sus límites históricos para proyectarlos como una alternativa viable de construcción del socialismo y la libertad; haciéndonos parte de ese centenario proyecto político cultural que comprende que sin justicia social no hay paz social, ni libertad verdadera, ni vida que valga la pena ser vivida. Necesitamos recuperar la memoria de un Clotario Blest, un Ernesto Miranda y dejar en paz con su merecido reconocimiento a  Miguel Enríquez y a Bautista Von Shouwen. Debemos recuperar el aporte de militantes “comunes” como Alejandro Villalobos y Flora Sanhueza[17] que constituyen referentes  simbólicos no sacrificiales de militancia política, capaces de hacer de la militancia una invitación a vivir una vida verdadera, una vida rebelde de dignidad y de  soberanía en conjunto con el pueblo que lucha por su emancipación: “Morir, vivir y vencer junto al pueblo”.[18]

3)    Poder popular, multisectorialidad  y ruptura democrática.
El texto de Mazzeo ofrece múltiples entradas al problema del sujeto, del poder y la revolución. Sin ánimo de clausurar las interrogantes, sino de marcar significantes allí donde no los había, y para contribuir a la reflexión crítica y a una caracterización del poder popular hoy, podemos destacar dos anclajes de lectura.
El primero, se refiere a la generación de un marco epistemológico que, tomando como centro la construcción de sujeto en tanto proceso, no reniega del momento instituyente del poder, ligado a la elaboración de un  proyecto político desde el aquí y el ahora. Lo que el autor denomina como una política anticipatoria y como apuesta, no como saber previo o técnico-instrumental. Una política que, tomando al sujeto como protagonista central del proceso, como medio y fin, no lo reduce a un mero agente a movilizar.
El segundo anclaje, sin perder ese horizonte emancipatorio, nos plantea la necesidad de generar ejes políticos y coordenadas orgánicas desde las cuáles construir poder popular en perspectiva contrahegemónica, articulando el potencial autonómico con la generación de mecanismos de soberanía. Lo que supone pensar una herramienta política, ni enajenante ni enajenadora, y la necesaria consideración de un abanico táctico amplio que sin eludir el problema del Estado, no reduzca su política al mero copamiento sucesivo del mismo. Tensión abordada por Mazzeo, desde la generación de un tipo de institucionalidad que, insertándose en el orden reproductivo del capital, pueda detener y contener su reproducción, mediante un poder de mando democratizado y acoplado a la movilización permanente, capaz de provocar rupturas en la hegemonía burguesa.
El primer anclaje nos permite cuestionar la tradición política heredada, sus límites más críticos a contrapelo del cierre ortodoxo que podemos ver en muchos jóvenes que, presos de la angustia por buscar certezas fáciles, recurren a la experiencia rusa, a la cubana o a la chino-vietnamita tomando conceptos tales como “dualidad de poderes”, “estrategia insurreccional”, “guerra popular prolongada” para plantearse el problema estratégico. Este procedimiento supondría recorrer la cordillera de los Andes con el mapa de la Sierra Maestra, la cordillera de Kunlun o de los Pirineos españoles.  Situación que trasladada mecánicamente al problema de la subjetividad revolucionaria y las alianzas sociales, los lleva a repetir hasta el hartazgo fórmulas como la “centralidad del proletariado y la clase obrera”, o la “alianza de la clase obrera y los pobres de la ciudad y el campo” como todo el continente de la política emancipatoria. Esto no quiere decir que la estrategia de poder popular que desarrollaremos no tenga componentes territoriales, de construcción de institucionalidad paralelas, de violencia revolucionaria o que en determinadas coyunturas propenda a la dualización de poder, sino que se requiere comprender que en el terreno de la estrategia, se debe ir elaborando el camino en función de las posibilidades y aperturas que se generen en los distintos escenarios.
Concebir la estrategia de este modo es renunciar a la política como certeza teórica y saber preconstituido sobre la acción social. Significa comprender, precisamente, que la acción social se caracteriza por la indeterminación relativa de sus fines  y que por lo tanto, una política radical buscará ampliar el campo de sus opciones y posibilidades, entendiéndola como vocación de disputa y servicio. Significa también, dejar de concebir a las organizaciones políticas como metro y norma de la línea de acción correcta, dejando a un costado el narcisismo político, y pensar a la militancia mucho más para el desarrollo de la reflexión y la inteligencia colectiva que para la obediencia y la maniobra, sin renunciar al componente técnico de la disputa política. 
El espíritu del aporte de Mazzeo, en términos de filosofía del sujeto, consiste en generar una reflexión teórica geohistóricamente situada, lo que para los teóricos de la deslocalización sugiere una molestia, pero para quienes buscamos reconstruir los lazos sociales, desde nuestra condición subalterna, nos resulta fundamental. La primera consecuencia de ello, es la consideración real de los sujetos y no como procedimientos meramente formales, lo que nos pone como punto de partida la conformación de la subjetividad en la economía y en la cultura. Una entrada sociohistórica y compleja. El sujeto no sólo se constituye en la economía (apropiación del plusvalor), sino que en el reconocimiento sujeto-sujeto, lo que amplía el campo de las luchas a aquellas que buscan el reconocimiento de la diferencia y nos permite mantener la crítica al eurocentrismo sin negar el sentido del proyecto político de la modernidad. La diferencia deja así de ser un problema y pasa a ser nuestro potencial, para construir una política y un saber desde nuestra condición subalterna que posibilite la articulación de la diferencia en perspectiva contrahegemónica y que no renuncie al desarrollo de un horizonte de emancipación social.[19]
Esa condición nos remite a la consideración estratégica de que en el Chile neoliberal la subjetividad revolucionaria será necesariamente “multisectorial” y que debemos construir, desde el aquí y el ahora, las alianzas que nos permitan ir fortaleciendo lo multisectorial como continente de lo subalterno. No sólo nos importan los problemas del trabajo, sino que también el campo de las luchas por los derechos sociales, la disidencia sexual, el buen vivir y el resguardo de nuestro piso ecológico. Esto no supone el abandono de la noción de clase de la política. Muy por el contrario, supone una complejización de la misma a partir de las divisiones sociales del trabajo, tanto en el ámbito económico como en el político.
La multisectorialidad desde nuestro territorio será una clave política  que nos permitirá construir una fuerza de avanzada en la estructura de acumulación y reproducción de capital, inserta en los clúster productivos –los sectores estratégicos de la producción-, capaz de golpear la cadena de reproducción del capital sin caer en el economicismo de la lucha de clase en un sentido estrecho.  Pero también implica la articulación de fuerzas en todos los sectores sociales en vista a desarrollar un Bloque Social Revolucionario en perspectiva histórica y con vocación de ruptura, de “espíritu de escisión” como diría Georges Sorel y bien nos recuerda Antonio Gramsci y la militancia latinoamericanista.[20] La multisectorialidad en Chile será la articulación de las clases subalternas resultantes de la misma estrategia de modernización impulsada en los últimos años, pero subvertida desde el nosotros que trabaja y vive de su trabajo, atendiendo a las especificidades del sistema de estratificación  y al régimen de trabajo y de ciudadanía. Será una clave de articulación que nos permita, según los estados de desarrollo de la conflictividad social, ir transversalizando la disputa y la organización hacia un punto convergente común con imaginación y sentido de realidad.
Llevando estas consecuencias teóricas al campo de las herramientas políticas, la organización y la teoría revolucionaria dejan de ser el campo de los “grandes intelectuales”, los “grandes diseñadores de políticas” y pasan a ser herramientas para la ampliación de la conciencia territorial de disputa de los movimientos sociales  (en el sentido de que se articulan las luchas en diferentes espacios y territorios); herramientas para el desarrollo de la conciencia gubernamental  del pueblo (que el gobierno puede y debe ser ejercido soberanamente por el demos). Nos plantea la construcción del socialismo como una empresa horizontal. Pero al mismo tiempo, supone la necesidad de ir disputando desde el aquí y el ahora, instalando el problema político como un problema de articulación de instrumentos que apoyen y  proyecten los espacios de poder popular generados. Problema político que se desplaza desde el binomio “espontaneidad/conciencia”, “dirección/ movimiento de masas” al de la “conciencia gubernamental” y al de las “articulaciones sociopolíticas”, a partir de una experiencia común, que tiene al sujeto de la revolución (las clases subalternas, la multisectorialidad) como sujeto y objeto de su poder.
Esto nos permite re-significar el ejercicio de poder y mando, inicialmente como una interrupción de la lógica del poder e, inmediatamente, como un espacio en el que se desenvuelven nuevas relaciones sociales por fuera de sus lógicas (relaciones cooperativas y solidarias), pero no por fuera de la sociedad. Es un poder de mando soberano que rompe la lógica metabólica de reproducción social del capital en lo político y en lo económico, como diría Mészárov.[21] Es decir, nos plantea el problema del poder no sólo como resistencia, sino como construcción y ofensiva, el problema del mandato no como representación, sino como delegación, como un “mandar obedeciendo” porque el ejercicio de la democracia se transforma en la expresión de la soberanía de los comunes. Nos plantea el problema de la organización política no como una autoridad de mando, sino como una herramienta con vocación de servicio y de democratización, como una articulación para fortalecer las articulaciones y explorar diversos escenarios de lucha, combinándolos, ocupando posiciones. Utilizando una metáfora, se trata de pasar de ser un ejército homogeneizado por segmentos, con un Estado Mayor, con una relación verticalista,  que opera en torno a una estrategia fija y busca conquistar el Estado mayor del adversario; para convertirse en una guerrilla desigual, con mando colectivo y articulado, una fuerza de combate organizada en red, que potencia la heterogeneidad de sus componentes y cuyo valor en la contienda es el mismo.  En lugar de apuntar sólo al Estado Mayor del adversario busca cortarle sus líneas de abastecimiento, ocupando sus posiciones. Por estos motivos será, no una organización, sino un complejo organizacional, una organización de organizaciones, que instrumentará espacios y herramientas atendiendo a la especificidad de la contienda en Chile: organizaciones de masas sectoriales, de agitación y construcción cultural, organizaciones gremiales, multigremiales, electorales, temáticas y un largo etc. que busque la reconstrucción de un tejido social en perspectiva de ruptura contrahegemónica.
La política deja de ser la promesa de los fines y pasa a ser la realización de los mismos desde la identificación de puntos de fuga en nuestra realidad contemporánea, rompiendo los mecanismos consensuales de procesamiento de las demandas sociales, de la división “gobernantes/ gobernados”, “dirección/masa”. La política pasa a ser una apuesta de ruptura democrática con el orden heredado desde donde acumular y desarrollar el poder popular que nos permitirá  generar un realismo político de nuevo tipo. Un tipo de realismo que parta de la premisa de que podemos hacer posible lo imposible con organización, disputa y articulación de herramientas para la lucha política y la confrontación democrática. Contra todos aquellos que niegan la vida, y que viven a costa de la explotación del trabajo ajeno. El desafío sigue siendo el hacer una política que no haga del desencanto su punto de partida. Podríamos señalar, invirtiendo el sentido del verso de Enrique Lihn en el poema Monólogo del padre con su hijo de meses: “nada se pierde con luchar. Ensaya. Tenemos todo el tiempo del tiempo por delante para ser ese potencial de vida que somos en el fondo”.[22]

Desde el sector sur-poniente, Santiago.
29/03/2014







[1] Bryan Seguel. Militante de la Izquierda Libertaria y colaborador del sitio rebelión.org. Estudiante de historia y sociología de la Universidad de Chile e investigador del “Equipo Interdisciplinario de Estudios en Movimientos Sociales y Poder Popular” del mismo centro de estudios.
[2] Miguel Urrutia. Militante de la Izquierda Libertaria. Sociólogo. Es Profesor de Historia por la Universidad de Concepción (1992), Magíster en Sociología por la Universidad Católica de Chile (1999), Doctor en Sociología por la Universidad de Lovaina, Bélgica e Investigador del Equipo Interdisciplinario de Estudios en Movimientos Sociales y Poder Popular de la Universidad de Chile. Coordinador de investigación del Departamento de Sociología, Universidad de Chile.


[3] Deleuze, Gilles y Félix Guattari, Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia, Valencia, Pre-Textos, 2010, pp. 18-19.
[4] Flisfisch, Ángel, La política como compromiso democrático, FLACSO, Santiago, 1987. Tironi y Martínez, Las clases sociales. Cambio y estratificación, Santiago, Ediciones Sur, 1985. Moulian, Tomás, Democracia y Socialismo, Santiago, FLACSO, 1983.  Garretón, Manuel Antonio, El proceso político chileno, FLACSO, Santiago, 1983. Valenzuela, Arturo, El quiebre de la democracia, Santiago, FLACSO, 2° edición, 1989.
[5] Abercrombie, Nicholas, Hill, Stephen y Turner, Bryan, La tesis de la ideología dominante, España, Siglo XXI de España, 1998.
[6] Modenesi, Massimo, Subalternidad, antagonismo, autonomía, Buenos Aires, CLACSO, 2010.
[7] Nos referimos a la utilización del concepto de Utopía como lo entendía Osvaldo Fals Borda, en tanto un conjunto de ideas y valores sociales que tienden a dominar el sentido de la dirección que orienta al cambio social. Véase: Stratta, Fernando, “El socialismo raizal de Nuestramérica”. En: Socialismo desde abajo, Buenos Aires, Ediciones Herramienta, 2013, pp. 145-158. Fals Borda, Orlando, Una sociología sentipensante para América Latina, Buenos Aires, CLACSO, 2009.
[8] Mazzeo, Miguel y Stratta, Fernando, “Introducción”. En: Reflexiones sobre el poder popular. Buenos Aires, Editorial El Colectivo, 2007, pp. 7-16.
[9] Para una caracterización y desarrollo de estas distinciones, véase: Moulian, Tomás, “El marxismo en Chile: producción y utilización”. En: Contradicciones del desarrollo político chileno. 1920-1990, Santiago, LOM, 2009, pp. 57-106.
[10] Leiva, Sebastián, Revolución socialista y poder popular. Los casos del MIR y PRT-ERP, 1970-1976, Concepción, Escaparate, 2010.  Palma, José Antonio, El MIR y su opción por la guerra popular. Estrategia político-militar y experiencia militante. 1982-1990, Concepción, Escaparate, 2012. Gajardo, Carolina, El MIR: el poder dual en su práctica política. 1970-1973, Tesis para optar a los grados académicos de Licenciada en Historia y Educación y el Título profesional de Profesora de Enseñanza Media en Historia y Ciencias Sociales. Profesor guía: Luis Corvalán Márquez, Universidad de Valparaíso, Facultad de Humanidades, Instituto de Historia y Ciencias Sociales, Valparaíso, 2010. Monsálvez, Danny, “La Asamblea del Pueblo en Concepción. La Expresión del poder popular”. En: Revista de Historia, Número 2, 2° semestre, volumen 16, Concepción, 2006.
[11] Roberts, Kenneth, “El sistema de partidos y la transformación de la representación política en la era neoliberal latinoamericana”, En: Cavarozzi, M. y Medina, J.A. (eds.): El asedio a la política. Los partidos latinoamericanos en la era neoliberal, Rosario, Homo Sapiens, 2002, pp. 55-76.
[12]En el Segundo encuentro nacional del movimiento Cristianos por el Socialismo, celebrado en Santiago entre el 24 y 26 de noviembre de 1972, se generó un foro sobre el balance de los partidos ante la coyuntura reciente. Véase: “La izquierda hace su balance”. En: Documentos, Suplemento de Punto Final, no.173, 19/12/1972, pp. 21-47. “Foro político: El poder Popular y los comandos de trabajadores”. En: Documentos, Suplemento de Punto Final, no.175, 16/01/1973. Santa Cruz, Eduardo, “Comandos Comunales: órganos de poder del pueblo”, en Documentos, Suplemento Punto Final, no.189, 31/07/1973. Harnecker, Marta,  Modinger, Jorge y Zerán, Faride, “Foro sobre poder popular”. En: Chile Hoy, no. 60, del 3 al 9/08/1973.
[13] Sobre la participación de miristas y socialistas en frentes sociales comunes hay dos trabajos importantes. Para dar cuenta del peso de la militancia sindical de los socialistas, el trabajo de Peter Winn se refiere a ello con abundantes antecedentes. Winn, Peter, Tejedores de la revolución. Los trabajadores de Yarur y la vía chilena al socialismo, Santiago, LOM, 2004, pp. 117-193. En relación a la inserción mirista y socialistas, véase el excelente trabajo de Eder Sader et al. Cordero, María Cristina, Sader, Eder y Threfall, Mónica, “Consejo comunal de trabajadores y cordón Cerrillos-Maipú: 1972. Balance y perspectiva de un embrión de poder popular”. En: CIDU/PI/DT, Santiago, agosto de 1973. 
[14] Véase: Castillo, Sandra, Cordones Industriales. Nuevas Formas de Sociabilidad Obrera y Organización Política Popular (Chile, 1970-1973), Concepción, Escaparate, 2009. Gaudichaud, Franck, Poder Popular y Cordones Industriales, Santiago, LOM, 2006.
[15] Cancino, Hugo, La problemática del poder popular en el proceso de la vía chilena al socialismo. 1970-1973, Aarhus University Press, Denmark, 1988. Winn, Peter. op. cit. Seguel, Bryan, “Prácticas de movilización y de subjetivación política en el desarrollo del poder popular en Chile, 1967-1973”. En: Ortiz, Matías, Seguel, Bryan. (coord.), Poder Popular, militancias y movimientos sociales durante el Estado de Compromiso. Chile, 1965-1973, Concepción, Escaparate, 2014 (en prensa).
[16] Usamos la palabra acoplamiento para referirnos a la operación de tapar un acontecimiento histórico, desarticulando sus dimensiones y re-componiéndolo de tal modo de que se busca desconectar un tipo de práctica con las palabras que la referían, modificando su sentido histórico, generando una realidad emergente que altera no sólo la característica del modo de ser de los agentes, sino que también de las estructuras.  Es un proceso que, mediante selección y omisión, permite construir una nueva realidad a partir de la re-composición de la memoria histórica.
[17] Alejandro Villalobos, “el Micky” fue un dirigente de la población “Nueva Habana” (hoy población Nuevo Amanecer), militante del Frente de Trabajadores Revolucionarios, ligado al MIR, y asesinado por la dictadura en 1973. Flora Sanhueza fue una militante libertaria que participó activamente del proceso de formación del movimiento popular durante la segunda mitad del siglo XX, desde la promoción de actividades educativas. Fundó en 1947 el ateneo “Luisa Michel”. Fue arrestada en 1973 y torturada, falleciendo en 1974.
[18] Esta frase está escrita en un cartel que llevan Luisa Toledo  y Manuel Vergara en una marcha hacia finales de los 80’, en la que se recordaba el asesinato de sus hijos, Eduardo y Rafael Vergara Toledo a  manos de agentes del Estado.
[19] Muy en sintonía con la propuesta de Enrique Dussel. Dussel, Enrique, “Europa, modernidad y eurocentrismo. Versión en línea: http://enriquedussel.com/txt/1993-236a.pdf. Para un desarrollo de este problema en relación al problema de las identidades: Vilá Riquelme, Cristián, Ideología de la conquista en América Latina. Entre el axolotl y el ornitorrinco, Asturias, Nobel, 2001.
[20] Véase: García Linera, Álvaro, “Introducción a los cuadernos Kovalevsky (1989)” y “Sindicato, multitud y comunidad. Movimientos sociales y formas de autonomía política en Bolivia (2004)”. En: La potencia plebeya. Acción Colectiva e identidades indígenas, obreras y populares en Bolivia, Buenos Aires, CLACSO, 2009, pp. 31-52 y 347-420. Rauber, Isabel, Revoluciones desde abajo. Gobiernos populares y cambio social en Latinoamérica, Buenos Aires, Ediciones Continente y Peña-Lillo, 2012.
[21] Mészárov, István, “La unificación de la esfera reproductiva material y la esfera política: alternativa al parlamentarismo”, 2007, disponible en: http://www.rebelion.org/docs/57540.pdf
[22] Lihn, Enrique, “Monólogo del padre con su hijo de meses”, en La pieza oscura, Editorial Universitaria, Santiago, 1963, pp. 18-22. 

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