martes, 26 de noviembre de 2013

La izquierda libertaria, la nueva mayoría y las elecciones FECH.



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Rebelión


La reciente llegada de los libertarios a la presidencia de la FECH, de la mano de la estudiantede medicina Melissa Sepúlveda, no ha pasado desapercibida para ningún sector y ha puesto en el tapete la necesidad de re-posicionar el aporte a las luchas democráticas que este proyecto político ha jugado en la historia del siglo XX Chileno. Un juego de balances y contrapuntos en los que se disputan las orientaciones de la memoria e imaginación política de una generación de jóvenes que hemos llegado desde el reciente ciclo de movilizaciones (2006-2001) a la militancia en la Izquierda Libertaria. Pero también el desafío que implica el poder decantar el despunte de la fuerza social acumulada en una alternativa política realista, coherente y con capacidad de acción en la coyuntura que se iniciará el 2014 con el gobierno de la Nueva Mayoría.

A tres años de las movilizaciones sociales del “invierno chileno” nos situamos en un punto en el que podemos señalar con mayores antecedentes lo que en ese momento para nosotros era una intuición política: el 2011 fue un momento de imputación al orden constituido y potencialmente de ruptura y refundación. Sin embargo ese momento de ruptura no devino en proceso orgánico, porque las fronteras institucionales que hoy separan política, economía y sociedad, son mucho más grandes que la existencia potencial de un sujeto político social con capacidad de transformarlas. Por lo tanto, se instaló un simulacro de participación democrática, porque nuevamente se bloqueó el protagonismo popular.

El efecto de la efervescencia movilizadora y las consignas enarboladas por el movimiento social pudieron corroer parcialmente los “sentidos comunes” del modelo neoliberal de democracia restringida vigente en Chile, expresándose colateralmente en un desplazamiento en las correlaciones de fuerzas políticas y en la re-formulación parcial del espectro político. En torno a aquello, tres relatos fueron levantados con fuerza para traducir la fuerza social movilizada con vista a acumular políticamente ese capital social:

La del sector conservador que cerró filas con el modelo y asumió una posición de trinchera, de defensa a ultranza del modelo instituido en dictadura (el sector de la UDI) y de negación de cualquier posibilidad de avance en una agenda progresista.

Otro más difusa, que polarizó desde la izquierda, afirmando la “crisis y derrumbe del modelo”, pero que no fue capaz de despuntar en la construcción de un proyecto, ni en la identificación de una sujeto social que llevase adelante estas transformaciones necesarias para superar la pura negación, ni menos que articulase el problema de la mediación político-social de un proyecto contracultural con las demandas en una alternativa de gobierno realista (los sectores de la izquierda no institucionalista, algunos círculos académicos en variantes culturalistas y parcialmente las candidaturas de denuncia de Marcel Claude y Roxana Miranda).

Y finalmente, un sector entre progresista y tecnocrático, heredero de la cultura política instituida desde la transición pactada, que identificó las movilizaciones y el descontento social no como un efecto de imputación del modelo, sino que como una demanda por mayor acceso a sus oportunidades y participación en sus exiguos beneficios. Que requería, por lo tanto, transformaciones urgentes para ampliar su gobernabilidad.

En torno a este diagnóstico político se abrieron tres lecturas que se expresaron en alternativas distintas. El sector del “partido transversal de la concertación” que a regañadientes aceptó esta lectura, pero prácticamente bloqueó toda posibilidad de atentar al núcleo institucional duro de la transición pactada y su modelo de gobernabilidad democrática (el sector representado por Camilo Escalona en el PS y Gutenberg Martínez en la DC).

La de las variantes generacionales y despolitizadoras, transversales al espectro político, que oportunistamente trasladaron la responsabilidad política a las expresiones partidarias de la “vieja política” del duopolio, presentándose a sí mismos como encarnación de una “nueva política”, con un fuerte componente carismático y por sobre la lógica de cuotas de poder, pero en el marco del diagnóstico moderado de reformas parciales al modelo para darle mayor gobernabilidad (las candidaturas de Franco Parisi y Marco Emríquez-Ominami).

Finalmente el núcleo de centro-izquierda, que vino consolidándose desde la táctica de los frentes de defensa de los derechos sociales llevada adelante por el Partido Comunista desde el 2010 y que, producto de la mediática participación de sus líderes juveniles en las principales federaciones estudiantiles el 2011 y la llegada a la CUT a finales del 2012, pudieron atraer a un sector de la concertación que venía cuestionando el rol del partido transversal (el sector PPD, los sectores de oposición interna a la “Megatendencia en el PS” y el PRSD) y que terminó mediáticamente liderando el sector, pese a que las definiciones programáticas del gobierno de Bachelet quedaron balanceadas hacia la influencia del “partido del orden”.

Llegados a este punto, nosotros como Izquierda Libertaria [1] , identificamos desde finales del 2011 la necesidad de generar una línea de ruptura con el tinglado institucional (Constitución, poderes del estado y sistema de partidos) que permitiera una apertura democrática en la distribución del poder en la sociedad chilena y en el ejercicio de la democracia favorable para los intereses de clase de los mayoría trabajadora de nuestro país.

En consideración a esta articulación de fuerzas políticas, nuestros esfuerzos desde el 2010 se han centrado en la reconstitución de los lazos sociales de un movimiento social-popular con capacidad de articulación de los distintos actores que se han opuesto sectorialmente a las efectos nocivos de esta estrategia de desarrollo neoliberal, en una perspectiva de mayorías y con un eje de construcción en la sectores de trabajadores estratégicos de la producción (consigna que hemos instalados como la necesidad de reconstruir un sujeto social popular en perspectiva multisectorial).

Por lo cual hemos avanzado en la generación de programas de acción sectorializados, democráticos en su contenido y elaboración, dotando de mayores claridades a los movimientos que se levantan contra el orden constituido y fortaleciendo los lazos de solidaridad de nuestro pueblo.

Y estamos dando pasos en la articulación de mediano plazo de estos y otros esfuerzos en una perspectiva de proyecto contracultura, político y reivindicativo común. Objetivo para lo cual nos hemos planteado la necesidad de generar herramientas políticas amplias y atingentes a nuestros objetivos, para que el día de mañana nuestros esfuerzos, junto a los otros esfuerzos como los expresados en el movimiento “Tod@s a la moneda”, los esfuerzo que hoy levanta la Izquierda Autónoma (que rompieron el binominal con la elección de Gabriel Boric) y el reconocido trabajo del “Partido Igualdad”, se articulen en una alternativa política con capacidad de acción e incidencia en la política nacional.

El desafío de este sector que hoy se expresa como una minoría electoral pasa por afrontar lo que ya ha señalado con claridad nuestra dirigente Melissa Sepúlveda –presidenta electa de la FECH: “Bachelet gobernará con inestabilidad política” (Punto Final, 22/11/2013). Posición que nuestro sector funda en las características estructurales de la sociedad chilena, sus enclaves autoritarios y sus cerrojos institucionales.

Para la Izquierda Libertaria y el conjunto de fuerzas política progresistas y anticapitalistas, la posibilidad de establecer un punto de ruptura democrática con el legado dictatorial, pasa por fortalecer la fuerzas del movimiento social y diversificar, a la vez que mancomunar, los distintos espacios de acción política que nos permitan cambiar la correlación de fuerzas de manera favorable para los intereses de los chilenos que viven de su trabajo.

El escepticismo y la desconfianza no sólo son un activo que el Movimiento Social levanta frente al intento de la Nueva Mayoría por arrogarse la representación política del descontento, sino que el margen de acción que nos permite introducir una fisura en el cierre político que significa un nuevo gobierno de Bachelet.

Por eso es que nuestro camino en esta coyuntura, busca la generación de una alternativa política para las mayorías trabajadoras de nuestro país, que se funda en un programa de transformaciones democráticas que apunta a la generación de un Proyecto de Desarrollo basado en el resguardo de los Derechos Sociales de los trabajadores y nuestros pueblos originarios, en el resguardo y cuidado del piso ecológico y nuestros bienes comunes, consciente de la herencia inmaterial de nuestra cultura popular y solidario con las futuras generaciones de chilenos.

Desde Cerrillos