martes, 18 de diciembre de 2012

Notas sobre el problema del malestar, la cultura y el trabajo.




La filosofía, a fin de cuentas, es una manera de discriminación personal acerca de qué es insoportable y qué no. Porque somos seres vindicativos buscamos un espacio civilizado y respirable a nuestras dudas, una reputación apropiada a nuestros miedos.
Armando Roa Vial (2001: 80)

Del temido mundo exterior no es posible protegerse excepto extrañándose de él de algún modo, si es que uno quiere solucionar por sí solo esta tarea.
Sigmund Freud, (1930:77)

1.-En la obra de Freud suele distinguirse entre los escritos clínicos, los metapsicológicos, los de técnica psicoanalítica y los culturales. Estos últimos son con propiedad los textos más penumbrosos, en un sentido metafórico, para designar aquello cuya rasgo intersticial es un espacio que posibilita el des-encuentro como un movimiento de posiciones contradictorias. Así, el problema de la formación filogenético y ontogenética de la cultura,  el aparato psíquico, el individuo y lo social se constituyen como problemáticas que dividen aguas entre los círculos psicoanalíticos, dado que pone en el centro del debate la supuesta neutralidad de la teoría y práctica psicoanalítica; coloca al centro del discurso no sólo la posición y el lugar desde dónde este se sitúa sino, fundamentalmente, el lugar en el que se encuentran el público objetivo (real): receptores, consumidores y productores de los valores en circulación sobre un fondo cuyo carácter está en disputa.

2.- Este carácter de disputa pone de relieve la dimensión política presente en la producción discursiva y su referencialidad en términos de los contenidos diegéticos (diégesis, διήγησις. Lo interior al discurso mismo) y extradiegéticos (lo referencial,  extra e intertextual). De ahí que cobre relevancia los contextos en los que un  tópico, pregunta y/o una problemática investigativa se torna recurrente en un sentido biográfico y en uno colectivo, histórico y sociocultural. Tomando la excusa como síntoma  que se constituye en el mecanismo que nos permite decir desdiciendo aquello que no queremos ver o que no soportamos mucho, como la satisfacción sustituida  de una pulsión denegada en el caso del neurótico, podemos aventurar que por algún motivo lo exterior, el afuera, lo extradiegético  hace posición en lo interior, en el discurso o –incluso- un requerimiento interior toma como excusa lo exterior para dar cuenta de las relaciones entre ambos territorio. Dicha contingencia hoy por hoy está dada, por una parte,  la emergencia de “paradojas” en el desarrollo moderno de las sociedades contemporáneas. (Las paradojas de la modernidad PNUD 1998) que ponen el centro nuevamente la pregunta por el malestar, la felicidad, la cultura, el individuo y la sociedad; pero, sobre todo, por la irrupción con fuerza en los últimos cinco años de un ascendente conflictividad social  y desbande del sujeto en la acción colectiva.

3.- En la proposición de Freud presentada de la “Psicología de las masas y análisis del yo”,  abre al público psicoanalítico el problema sobre la posible relación de necesidad entre el individuo y la sociedad: “en la vida anímica del individuo, el otro cuenta, con total regularidad, como modelo, como objeto, como auxiliar y como enemigo, y por eso desde el comienzo mismo  la psicología individual es simultáneamente psicología social” (Freud, 1921: 67). Esta relación no es una novedad y es una problemática propia del discurso moderno, desde las reflexiones de la metafísica tradicional en torno a la relación sujeto-objeto-mundo, tomando como base  las consideraciones formales-analíticas de la metafísica tradicional y la filosofía crítica de Kant, hasta las consideraciones sobre la objetividad de la relación sujeto-objeto-mundo en Hegel y la unidad epistemológica sujeto-objeto-mundo en Marx.

En las distintas aproximaciones el problema señalado, la relación entre el mundo interior y el mundo exterior se constituye en el fundamento para la comprensión de la objetividad, la acción  y la conciencia, como mediadora entre lo uno y lo otro desde el sujeto. En la metafísica tradicional se consideraba que el sujeto se dirige directamente hacia los objetos, reproduciendo desde sí el contenido de las sensaciones e intuiciones de los objetos en el contenido del pensamiento, transformando las determinaciones del pensamiento (de la subjetividad) en la determinación de las cosas. Bajo esta forma de proceder, 1) aquello que se conocía se lo conocía como tal sólo pensándolo, sin investigar las determinaciones del entendimiento; 2) en la medida que los objetos son totalidades que pertenecen en sí y para sí a la razón, las determinaciones del entendimiento son determinaciones de lo objetivo.  Dicha relación con la introducción del “principio de la experiencia” desarrollada por los filósofos empiristas, tomó como crítica el hecho de no poder avanzar por sí mismo desde las generalidades abstractas hasta las particularizaciones, así como la necesidad de determinar la totalidad dentro del campo de las determinaciones concretas (lo finito), mediante el método que gobierna sus regularidad y funcionamiento: “lo que es verdadero tiene que estar en la realidad efectiva y ahí tiene que estar disponible para la percepción”  (Hegel,  §38). Sin embargo, el rechazo de la metafísica llevó a ésta forma de comprender el problema a la paradoja de que rechazando toda forma de la metafísica y las categorías suprasensibles, el fundamento del permanecer en la percepción como criterio de la verdad (como universalidad y necesidad) sólo aparece como mera contingencia subjetiva.

Tomando esta disociación,  la filosofía crítica de Kant intenta sintetizarlas en la idea de representación el carácter de la singularidad de la experiencia y en la espontaneidad del pensar a priori las determinaciones de lo trascendente, en el que los concepto puros del entendimiento contienen las referencias en general y por medio del cual se producen los juicios sintéticos a priori que ensanchan las posibilidades de la experiencia. La crítica Hegeliana se introduce en este problema y cuestionando el carácter subjetivista  de las categorías kantianas, reformula la idea de las representaciones, anclándolas  en un principio que da una unidad objetiva a la relación entre la subjetividad y los objetos: la idea de a identidad originaria del yo en el pensar.

Esta forma de comprender el problema le permite tomar a Hegel el principio de la experiencia como criterio de la objetividad pero cuya justificación debe introducirse desde un fundamento en la percepción articulada desde una facultad que co-pertenezca a ambos niveles (o mejor dicho, que sea la expresión del mundo interior y exterior). Dicho articulación en Hegel está dada por la unidad del yo en el pensar, por la conciencia, introduciendo un fundamento económico (en cuanto que circulación, pero abstracta) que implica un movimiento desde la experiencia sin racionalización hasta su racionalización: el pensar es un  movimiento y una actividad concreta en el sujeto como determinación del ser de lo humano (lo humano es humano por ser causado por el pensamiento y sólo por esto. Hegel, § 2),  que  permite que el pensamiento se eleve desde la experiencia, desde lo finito y sensible, a lo infinito en cuyo tránsito, punto de partida y de llegada, es el pensar mismo como razón en el movimiento en el cual la conciencia se hace representaciones de los objetos (en el tiempo), antes de hacerse conceptos de ellos, hasta el punto de que el espíritu que piensa solamente pasando por el representar y aplicándose sobre él, avanza hasta el conocimiento pensante y el concebir. 

Marx tomará precisamente esta lógica, pero la invertirá y la articulará de manera unitaria: el hecho de que “la unidad del yo en el pensar” en cuanto actividad (movimiento, circulación, economía) queda constituida desde lo finito, se eleva hacia la abstracción y retornando a ella como acción, completando su unidad. Así el pensamiento invierte su positividad adquiriendo un estatuto de negatividad como antesala  y partera de la acción (la positividad). Invierte el proverbio “en el principio era el verbo” por “en el principio era la acción”. Las reflexiones que Marx encaminará en ese horizonte toman al trabajo y al pensar como las determinaciones unitarias que co-mandan la lógica del mundo exterior (la interacción práctica sensible) y que posibilitan las lógicas del mundo interior (emergencia de la conciencia. Marx, 1844), conectando el trabajo y las modalidades que este toma como un mecanismo  que le permite analizar el desarrollo del mundo exterior, su circulación, su movimiento, para dar cuenta de la posibilidad del despliegue de la unidad del yo en el pensar que posibilita la intelección del mismo como autoconciencia y los objetos, el afuera. 

El salto  y la potencia que representa el pensamiento marxista está dado en que la intelección de la  lógica del “mundo exterior finito y sensible” queda constituida  por una operación específica (trabajo), que estructura la relación sensible y práctica del individuo con el otro, con el mundo y consigo mismo,  posibilitando la emergencia de la conciencia como un proceso y un movimiento articulado por un principio de circulación, de economía concreta.

4.- La potencia del pensamiento Marxista sólo quedó como programa de análisis articulado de lo exterior (mundo concreto), no así del mundo lo interior (sujeto) y se sacrificó en desmedró de este último, por el análisis de las formas concretas que el trabajo adquiere como relación social constitutiva de la vida en común, como bien señala Habermas (Habermas, 1993). Por eso el marxismo en tanto que teoría está trunca y en re-construcción permanente y sus flancos más débiles lo constituyan la teoría de la ideología, la teoría del análisis cultural y del sujeto.

En las tesis sobre Feuerbach, Marx  intuye que el  fenómeno de la emergencia de la conciencia tiene una referencia hacia la naturaleza y el otro posibilitado por el trabajo,  cuestión que desarrollará en profundidad en el Capital  pero que desde los manuscritos (1844) es lo que le permite establecer una distinción entre los animales y lo humano: “el trabajo, la actividad vital, la vida productiva misma, aparece ante el hombre sólo como un medio para la satisfacción de una necesidad (…) “el trabajo productivo es la vida que crea vida”, pero con la salvedad de que “el hombre hace de su actividad vital misma objeto de su voluntad y de su conciencia. Tiene actividad vital consciente. Nos es una determinación con la que el hombre se funda inmediatamente. La actividad vital consciente distingue inmediatamente al hombre de la actividad vital animal” (Marx, 1844:115). En otras palabras, Marx intuye que la actividad vital consciente tiene como condición de posibilidad el estar fundado en una actividad, una operación específica, que medie entre el individuo y la naturaleza, entre sujetos, y entre el sujeto consigo mismo, que la erija como un medio para el despliegue de su mundo interior (conciencia) y de los requerimientos que lo aquejan. Sólo a través de esta actividad, el trabajo, existe la posibilidad de la  subjetivación: el trabajo es la “actividad productiva especial orientada a un fin, que asimila materias particulares de la naturaleza a necesidades particulares del hombre(…) El trabajo  es, por tanto, condición de existencia del hombre, independiente de cualquier forma de sociedad, una eterna necesidad natural de mediar el intercambio orgánico que se da entre hombre y naturaleza, de mediar por consiguiente, la vida humana” (Marx, 1857:56)

Esta operación de mediación (trabajo) que sitúa un requerimiento interior (una necesidad) como una meta para la interacción práctica con la naturaleza por vía de su apropiación, tiene como condición de su concreción, la necesidad de entrar en relación con los otros individuos ya de manera directa (a través de un trabajo coordinado con otro, o de manera indirecta, relacionándose con el producto concreto del trabajo (mercancía). Bajo estas dos vías, mediante la actividad específica como en sus resultados concretos, el mundo del trabajo establece una doble determinación  a la emergencia del individuo como sujeto.

Freud desde un flanco diferente y un contexto diametralmente distinto nos permiten pensar el problema del pensamiento y el trabajo en relación a la autoconciencia, el otro y mundo, a través de tres nociones: 1) el aparato psíquico y el esquema económico de las pulsiones (Freud, 1900); 2) la tópica psicoanalítica respectiva (Freud, 1923); 3) y el surgimiento de la cultura como conflicto necesario entre renuncia pulsional y satisfacción del programa de Eros, desplegado a partir de la comunidad de trabajo y de amor (Freud, 1927; 1931 y 1938).

5.-El aparato psíquico en Freud es la forma en cómo se organiza en nosotros la circulación de la energía (pulsión) cuya meta es la descarga, siendo lo psíquico el campo que dicha energía estructura. Su función es la tramitación de las excitaciones  provocadas por el  aumento de presión de descarga mediante una determinada forma, cuyo modelo “primario” es el ‘esquema arco  reflejo’, que tramita los estímulos del exterior de manera directa por vías motrices, conservando un monto energético mínimo para estructurar esta tramitación. La manera en cómo este se constituye está dada por la manera en cómo el hombre se vincula con la realidad y la manera en cómo el mundo exterior real-objetivo cobra un significado psicológico (Freud, 1911: 224). De esta forma Freud distingue entre el ‘Proceso Primario, gobernados por la lógica del placer/displacer  y el proceso secundario, introducido por el desengaño de la satisfacción alucinatoria, que permite que lo real independiente de si es agradable o no sea representado en la conciencia, sea examinado, introduciendo el principio de realidad y permitiendo que el trabajo (la acción con arreglo a fines) posibilite la alteración de las condiciones de realidad.  

Durante la fase del proceso primario, la lógica que gobierna el aparato psíquico es la consecución del placer y la evitación del displacer: es decir, el deseo, aquello que pone en movimiento el aparato mediante el esquema ‘arco reflejo’ (Freud, 1900: 588). La asociación entre descarga y experiencia generará una modificación permanente en el aparato psíquico (huella mnémica), que conservará la experiencia placentera/dis-placentera después de haberla vivenciado originariamente bajo la forma de una “memoria” con historicidad propia. Aquella posibilidad de simbolizar la huella mnémica para posteriormente inscribir los objetos de investiduras e identificaciones requiere de “una simbolización primaria” concerniente a la historia real del sujeto que le permita responder defensivamente a las exigencias pulsionales, del mundo exterior, permita el campo de la investidura objetual y que introduzca otro real que posibilite o inhiba la constitución  del yo (Aceituno, 2010). Sobre aquello, la huella mnémica será investida con la percepción de la experiencia  de satisfacción y de los estímulos que pueden suscitar displacer y su actividad se retirará mediante una represión originaria (una cancelación, no una eliminación).  Durante el proceso primario le mecanismo que económicamente permite el menor coste energético para la consecución del programa del placer es la “satisfacción alucinatoria” que, ante la imposibilidad de su satisfacción por influjo de los estímulos externo, introducirá el “desengaño” y, por esta vía,  la introyección de lo real como representación  independiente de si es agradable o no.

El propio principio del placer se transformó, bajo el influjo del mundo exterior, en el principio de realidad (Freud, 1931: 77)  que trajo como consecuencias: 1) alteraciones del aparato psíquico que se desconocen; 2) el aumento de la importancia de la realidad exterior y de los órganos sensoriales ligados a ella y la conciencia acoplada a los  órganos, cuya función específica es la “atención”: la exploración sistemática del mundo exterior; 3) la introducción simultánea de un sistema de registro en la que se depositaran como “experiencia” la actividad de la conciencia (memoria); 4) de la necesidad de determinar si  una representación es verdadera o es falsa surgirá el fallo, que permitirá sustituir la descarga motriz directa (propia del proceso primario) por el proceso del pensar que se constituyó desde el representar (Freud, 1911:226). “Las aspiraciones básicas del Aparato Psíquico primitivo entran en oposición con las condiciones del mundo externo, enfrentando aquél la disyuntiva de modificarse o perecer; la respuesta que elabora consiste en recubrir el primer sistema de funcionamiento (que tiende a la liberación y la descarga de energía) por un segundo sistema cuyo funcionamiento está basado, por un lado, en su capacidad de mantener inhibidas o ligadas (quiescentes) las investiduras energéticas y, por otro, en  poder movilizar dichas investiduras y utilizarlas en la transformación del mundo” (Rojas, 25) . 

 El pensar como proceso tiene la cualidad de articular espacio y tiempo, mediante los procesos analíticos desplegados mediante la palabra y que permite asociar un sujeto a su predicado: articular la sincronía del espacio en la sucesión temporal, generar una unidad en la pluralidad de lo práctico/sensible representado en la intuición. Permite pasar de los juicios de atribución a los juicios de existencia y éstos, posibilitan la ejecución del principio de realidad. Así, el sujeto afirma-negando no sólo la realidad de la cosa juzgada sino que afirma su propio lugar enunciativo entre lo que afirma (negándolo) y las condiciones que hacen posible su negación  misma (afirmándose como sujeto) (Aceituno, 2010). El pensar, como operación, por lo tanto está inescindiblemente ligada a una condición formal, cognitiva de intelección posibilitada desde la posición del sujeto respecto de su condición pulsional que, presupone, el surgimiento de un yo como unidad originaria en lo pulsional (en lo espacial y lo histórico) y en el pensar.  Y mediante ese pensar, dado por la facultad de  la atención, del examen de realidad operado en la simbolización, una toma de distancia con las cosas del mundo respecto de sí, para retornar a ella mediante una acción comandada por el pensamiento: el trabajo.

El trabajo tiene una doble dimensión: por una parte implica una descarga de manera indirecta, dado que implicará una actividad en el tiempo que necesitará de una postergación del requerimiento pulsional para su posterior satisfacción mediado por el examen de realidad y, por este medio, se constituye en una “técnica” de conducción de la vida que liga al individuo fuertemente a la realidad espacio temporal y a  la comunidad humana en la que se inserta (Nota 5, Freud, 1930:80. En el trabajo como actividad  que proyecta el requerimiento interior real (pulsional) sobre el objeto y el mundo exterior, el aparato psíquico recurrirá a todos sus mecanismos a disposición para ser capaza de sobrellevara una actividad displacentera  para la consecución de un objetivo que requiere la utilización de todo el repertorio vivencial, se requiere de un mecanismo que permita considerar instrumentalmente los requerimientos necesarios para la consecución de un objetivo, que requiere de un vaciamiento de afecto, la autoimposición de una restricción. “Así como el yo-placer no puede más que desear, trabajar por la ganancia de placer y evitar el displacer, de igual modo el yo-realidad no tiene más que aspirar a beneficios y asegurarse contra perjuicios. (Freud, 1911: 228)

Esta restricción autoimpuesta sobre un requerimiento permite utilizarse a sí mismo como un instrumento para crear mundo mediante una actividad que liga al sujeto a un objeto (trabajo), en el cual se proyecta y permite que este se constituya y proyecte en una dimensión espacial y temporal. La única manera de cumplir el programa del placer es el asegurando mediante la transformación del mundo mediante el trabajo, para la construcción de las condiciones en la que el placer sea posible. Sin embargo esta consideración de la satisfacción del placer de manera indirecta, dada la renuncia pulsional implica un costo de “malestar” que es condición estructurante de la imagen que guía la acción y dada la consideración del otro y la cultura, condición estructural de la vida en común.



6.-
El programa que nos impone el principio del placer, el de ser felices, es irrealizable
(Freud, 1930:83)

El problema de la cultura está cruzado por la contradicción entre las exigencias pulsionales y las renuncias impuestas por la vida en común. La contradicción viene dada porque el programa del principio del placer que rige desde los comienzos la vida anímica del hombre entra en querella con el mundo. Así la aspiración original de “alcanzar la dicha, conseguir la felicidad y mantenerla” (Freud, 1930:76) de manera inmediata durante el proceso primario es atemperado por la introyección de lo real-objetivo y el examen de conciencia que posibilita el “principio de realidad” y la constitución del proceso secundario. Nuestra propia constitución psíquica limita nuestras posibilidades de dicha amenazada por tres fuentes de sufrimiento: el cuerpo propio, el mundo exterior y desde los vínculos con otros seres (Freud, 1931: 76) lo que, impondrá al ser de lo humano, distintas vías para la consecución del programa del placer: 1) mediante una satisfacción irrestricta de todas la necesidades; 2) mediante la evitación del displacer, ya sea por una soledad buscada o como miembro de una comunidad y ayudado por la ciencia y la técnica; 3) o por influjo químico, por intoxicación. (Freud, 1930: 77). En este punto, las técnicas como el yoga o el  influjo del goce del arte, permiten desplazamientos libidinales de nuestro aparato anímico consciente. Mediante la sublimación de las pulsiones se genera una ganancia de placer que proviene de las propias fuentes de un trabajo psíquico e intelectual. (Freud, 1931:79). Este camino sin embargo es restrictivo por cuanto requiere de dotaciones constitucionales que no todos los seres humanes pueden disponer. Otro camino es posible denegar el mundo exterior, volviéndole la espalda o, en su contracara, pretender recrearlo mediante una transformación delirante de la realidad efectiva (Freud, 1931: 81). 

De las fuentes de desdicha señaladas se articulan desde la cultura: 1) la hiperpotencia de la naturaleza, 2) la fragilidad de nuestro cuerpo y 3) la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres en la familia, el Estado y la sociedad (Freud, 1931: 85). La cultura para Freud “designa toda la suma de operaciones y normas que distancian nuestra vida de la de nuestros antepasados animales, y que sirven a dos fines: la protección del ser humano frente a la naturaleza y la regulación de los vínculos recíprocos entre los hombres (…) Reconocemos como culturales todas las actividades y valores que son útiles para el ser humano en tanto ponen la tierra a su servicio, lo protegen contra la violencia de las fuerzas naturales (Freud, 1931: 88-89) cuya meta, resorte de todas las actividades humanas es alcanzar utilidad y ganancia de placer (Freud, 1931: 93).

El trasfondo teórico que Freud está considerando para la comprensión de la vida en común tiene como articulador a la cultura y como soporte el individuo. La cultura es un límite a la arbitrariedad del individuo, mediante la cual la comunidad se “contrapone como derecho, al poder del individuo, que es condenado como violencia bruta. Esta limitación del poder del individuo está dada  en que los miembros de la comunidad se limitan en su satisfacción, resguardada por la justicia, la seguridad de que el orden jurídico ya establecido no se quebrantará para favor de un individuo. Su resultado último debe ser un derecho al cual todos hayan contribuido con el sacrificio de sus pulsiones y en el cual nadie resulte víctima de la violencia bruta (Freud, 1931:94).

En esta manera de articular el problema de la cultura la libertad no es un resultante patrimonial de la cultura sino que máxima antes de toda cultura. De ahí que para Freud exista una consideración  puramente liberal de la teoría política y que cruza todas las maneras en cómo considera al individuo en su lazo al otro. Si en cierta medida, “la convivencia humana sólo se vuelve posible cuando se aglutina una mayoría más fuerte que los individuos aislados, y cohesionada frente a estos”  (Freud, 1931:93) Pero en esta relación entre individuo y masa, el individuo se ve en perjuicio de sus facultades: “Por el sólo hecho de pertenecer a una masa organizada, el ser humano desciende varios escalones en la escala de civilización” (Freud, 1921: 78), puesto que la ligazón al otro aumenta la afectividad y ésta evita que el trabajo mental correcto (Freud, 1921:80).  De ahí que para Freud se instale un conflicto inherente en la vida en común: entre las demandas pulsionales individuales y las exigencias culturales de la masa.

7.- El análisis ontogenético de la cultura y  del individuo se sostienen en la homologación del desarrollo psíquico del individuo y su trasposición por inducción generalizante a la cultura; la consideración del desarrollo cultural como un proceso particular comparable a la maduración normal del individuo (Freud, 1931:96). En esta forma de afrontar el problema para Freud encuentra en el mito del hombre primordial el nodo axial que permite comprender el surgimiento de la autoridad primordial y su introyección dentro del sujeto a través del superyó   (conciencia moral)(Freud, 1913).  Lo interesante en el análisis freudiano es que en el abordaje ontogenético las causas de la vida en común están dadas por la necesidad del trabajo –para la apropiación del mundo exterior- y el amor de objeto –como satisfacción de la pulsión del Eros- (Freud, 1931:97). Sin embargo, el abordaje “puramente centrado en el individuo”  hace que la dimensión del trabajo como actividad específica que cruza el proceso secundario, que media el lazo con el otro, el mundo y la relación consigo misma quede trunco. Por estos motivos el análisis de la cultura que hace Freud no permite dar cuenta  de las transformaciones de las sociedades complejas ni de las implicancias de las modificaciones del mundo del trabajo para la subjetividad lo que, bajo el mismo punto de vista freudiano, tiene un lugar fundamental pero desplazado por la figura omniabacadora de la autoridad del padre en la cultura y en el superyó.

Si el trabajo se constituye en Freud en la actividad por excelencia que permite la consecución de las metas pulsionales mediante la apropiación del mundo exterior por vía del examen de realidad y el pensamiento, se desprende lógicamente que las maneras y condiciones en que el trabajo como actividad específica adopta espacio-temporalmente afecta e incide pulsionalmente en la configuración del aparato psíquico del sujeto y del ser de lo colectivo, de la vida en común.

8.-El marxismo toma como fundamento de su análisis de lo social las modalidades que adopta el trabajo como actividad constituyente en la relación sujeto-objeto temporal y espacialmente. El complemento freudiano en relación al surgimiento del yo como unidad originaria en lo pulsional (en lo espacial y lo histórico) y en el pensar  nos permite profundizar y complementar  el análisis del trabajo en Marx y articular la lógica de la relación y transformación del mundo exterior (economía real), con la configuración del mundo interior del yo para los procesos de formación de capital y entender fenómenos contemporáneos como “el capital humano”. La entrada a dicho problema nos induce a invertir la lógica de los cruces entre Freud y Marx experimentados por Marcuse  (leer a Freud desde Marx) y realizar una lectura de Marx desde Freud tomando como foco de análisis el trabajo: como lógica de apropiación del mundo exterior y apropiación del mundo interior.  Esta manera de comprender el fenómeno nos permitiría dar cuenta de una consideración dinámica de la Cultura y a afirmar una teoría política centrada en lo real-objetivo más que el individuo en abstracto de la teoría liberal.

Esto necesariamente nos lleva a una consideración sobre la formación del valor de la mercancía y la manera en como hay en juego en la relación entre sujeto-objeto-pulsión  un valor de goce interior en la proyección exterior del valor de uso y en el valor de cambio. Esta manera de aproximarnos al problema nos llevaría a reconsiderar el proceso de formación de malestar en la cultura.  



Bibliografía

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