miércoles, 12 de diciembre de 2012

La crítica hegeliana a la filosofía crítica de Kant respecto a la objetividad.



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En el presente trabajo realizaremos una revisión de las consideraciones de Hegel sobre la objetividad en Kant, presentes en la “enciclopedia de las Ciencias Filosóficas en Compendio. Para usos de sus clases” partiendo desde los elementos que Hegel está considerando para fundamentar la crítica a la filosofía clásica, la metafísica y la filosofía crítica, y que constituyen la base de la aplicación de la lógica del sistema hegeliano a la historia del espíritu.

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Lo universal tiene como soporte el sujeto y la actividad específica que los constituye (el pensar), de tal forma que el “yo” es la actividad del pensar representado como sujeto.  El “yo”, empero es la pura abstracción del representar, del pensar y de cualquier estado o peculiaridad de la naturaleza, del talento o de la experiencia. El yo es por ello la existencia de la universalidad totalmente abstracta, libre. Por eso el yo es pensar en cuanto sujeto y siendo así que estoy igualmente en todas mis sensaciones, representaciones y [estados] subjetivos, resulta que el pensamiento está presente en todas partes y atraviesa como categoría todas esas determinaciones (§ 20).  El pensar en cuanto actividad específica (el pensar activo) está necesariamente en relación con objetos, de lo que resulta que si el pensar es lo universal representado como sujeto, en esta actividad se contiene el valor de aquello de lo que trata lo universal  (§ 21) y, su naturaleza, es un producto de mi espíritu y de mi libertad (§ 23).  Esta condición de la universalidad y del sujeto tiene como fundamento el pensar, entendido como actividad común al ser del humano que requiere de un proceso, un movimiento, que enlace el contenido presente en la experiencia a la conciencia.  El “principio de la experiencia” (§ 7) es la posibilidad de unir  determinaciones del contenido de toda experiencia posible con la certeza de sí mismo, la autoconciencia, que dada su “originalidad y autonomía” (§ 12) permite el movimiento desde la experiencia (lo inmediato) mediante el pensamiento hacia la conciencia, lo universal. El pensar por lo tanto, permite que la libertad de la conciencia (lo apriorístico del pensamiento) establezca mediante la mediación del pensar la acreditación de las determinaciones de su contenido (§12), la necesidad que rige el conocimiento objetivo sintetizado en el sujeto desde una determinación ontológica más allá de su mera subjetividad (la condición de lo universal). Puesto que para Hegel –y esto constituye la base de la crítica a Kant y la metafísica tradicional- la condición de la objetividad está posibilitada por el movimiento que representa el pensar como actividad (el yo pensante)  liberado de sus particularidades y abstraído a aquello que lo hace idéntico a todos los individuos (§23): reflexionar conduce a lo universal de las cosas; y lo universal es precisamente uno de los momentos del concepto. Que en el mundo hay entendimiento o que en el mundo hay razón dicen lo mismo que la expresión “pensamiento objetivo” (§ 24), es la unidad de lo concreto y lo abstracto en un proceso de síntesis mediante una operación presente en el ser de lo humano: el pensamiento objetivo, la base de la filosofía, que precisa al mismo tiempo  que este modo de conocer da cuenta de la necesidad de los objetos absolutos (§ 10)

La crítica a la metafísica tradicional y la filosofía anterior a Kant se basa en la suposición de que el pensamiento se dirige directamente a los objetos, reproduciendo desde sí mismo el contenido de las sensaciones e intuiciones convertidos en el contenido del pensamiento y, por ende, de la verdad (§ 26). Esta forma de proceder, considera las determinaciones del pensamiento como determinaciones fundamentales de las cosas (§ 28), presentado las limitantes de que 1) aquello que se conoce se lo conoce como tal en sí pensándolo, sin investigar las determinaciones del entendimiento con arreglo a su contenido y valor: es decir, las condiciones mediante las que el pensamiento es la vez  un modo de conocer específico que da cuenta de las necesidad de los objetos.  Por otra parte, 2) que en la medida que sus objetos son desde luego totalidades que pertenecen en y para sí  a la razón, se le aplica las determinaciones del entendimiento como determinaciones de lo objetivo (§ 30). Finalmente, 3) que esta forma de proceder deviene  en dogmatismo, porque según la naturaleza de las determinaciones finitas tiene que aceptar que entre dos afirmaciones opuestas, una tiene que ser verdadera y otra falsa (§32).  

La necesidad de dar un contenido concreto a las teorías abstractas del entendimiento, tomó como crítica el hecho de 1) no poder avanzar por sí mismo desde las generalidades abstractas hasta la particularización, así como 2)  la necesidad de la posibilidad de determinar lo absoluto dentro del campo de las determinaciones finitas (concreto), 3) mediante el método de éstas. Esta forma de proceder condujo al empirismo (§37). El supuesto del empirismo que entra en contradicción con la metafísica tradicional y el deber ser del subjetivismo es que “lo que es verdadero tiene que estar en la realidad efectiva y ahí tiene que estar disponible para la percepción” (§38). El avance que supuso esta concepción fue que introdujo “un principio de la libertad”, por cuanto el ser humano debe ver por sí mismo aquello que ha de tener por valido en su saber estando el miso allí presente; pero su paradoja y engaño, fue que negando lo suprasensible utiliza categorías metafísicas de manera acrítica e inconsciente, puesto que en la experiencia se encuentran dos elementos: materia, infinitamente variada; y forma, la determinación de la universalidad y necesidad (§39). Este proceder paradójico, se expresa en que el fundamento del permanecer en la percepción como criterio de la verdad (como universalidad y necesidad) aparece como mera contingencia subjetiva, como mera costumbre, sin una justificación sobre sus contenidos.

Avanzando desde este flanco, la filosofía crítica de Kant que se erige como un intento de  síntesis de estas dos formas de conocimiento, partiendo de la aceptación de la experiencia como única base del conocimiento, pero al cual no le concede valor para el conocimiento de verdades, sino sólo de fenómenos. Para Kant “todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia, no por eso surge todo de la experiencia” (Kant, Introducción. “De la diferencia del conocimiento puro del empírico”), identificando que en la  percepción sólo se contiene de suyo lo singular y tan solo eso que acaece; por lo que la universalidad y esencialidad viene dada por la espontaneidad del pensar a priori. En otras palabras, como señala Hegel “Las determinaciones del pensamiento o conceptos del entendimiento agotan la objetividad de los conocimientos de experiencia” (§40). Es decir que los concepto puros del entendimiento contienen las referencias en general y por medio del cual se producen los juicios sintéticos a priori que ensanchan las posibilidades de la experiencia (Kant, parte VI de la introducción, “Problema General de la Razón Pura”).

La crítica que establece Hegel a la consideración de la objetividad en Kant está dada en la manera en cómo somete a crítica el valor de los conceptos del entendimiento utilizados, puesto que Kant no entra en el contenido mismo de esas determinaciones, ni las relaciones que estas guardan entre sí, sino a la suposición en general entre subjetividad y objetividad. Distinción que para Hegel se refiere a los elementos dentro de la experiencia, donde objetividad significa el elemento de la universalidad y necesidad de las propias determinaciones del pensamiento (lo apriorítico) como actividad subjetiva, sin atender a su objetividad.  Los dardos del argumento hegeliano se dirigen en primer momento a la facultad teorética y el uso y definición que hace Kant de las categorías y del fundamento de los conceptos del entendimiento basados en “la unidad trascendental de la autoconciencia” (§ 41). Espacio y tiempo como categorías que posibilitan la sensación y la intuición son según su contenido y forma, plurales  y exteriores, pero en Kant dadas a priori y su pluralidad, llevada a una unidad por una conexión originaria, en tanto que el yo lo refiere a sí mismo y lo une a sí en tanto conciencia (apercepción pura). Pero estas maneras determinadas de referir (que son los conceptos puros del entendimiento)  están enlazadas al yo, a la unidad de la autoconciencia, de manera enteramente indeterminada. Las categorías tienen su fuente de unidad en la autoconciencia y que, por consiguiente, el conocimiento que se alcanza por su medio no contiene nada de objetivo, puesto que la objetividad que se le atribuye a las categorías es en sí mismo algo meramente subjetivo. De ahí que Hegel plantee que Kant es subjetivista, dado que sólo atiende a las formas abstractas de la subjetividad y la objetividad. Esto en la medida que por medio de las categorías la percepción se eleva a la objetividad, a experiencia; pero estos conceptos, en cuanto unidades que pertenecen a la conciencia subjetiva, son de suyo vacíos y sólo tienen su aplicación y uso en la experiencia, cuya otra parte constitutiva, las determinaciones de la sensación y la intuición son también meramente subjetivas (§43). Así, las categorías kantianas son incapaces de ser determinaciones de lo absoluto en cuanto éste no está dado en una percepción (§44) y son, por tanto, incapaces de conocer la cosa en sí, siendo este elemento el aspecto ontológico desde el cual Hegel construirá su sistema y la lógica del mismo, entendiendo por lógica “la ciencia de la idea pura, como elemento abstracto del pensar, cuyas determinaciones son sacadas del todo y en acuerdo con él”. Concepción  en la que la cosa en sí es el “mero producto del pensar y precisamente el pensar llevado hasta la pura abstracción; un producto del yo vacío que convierte esta vacía identidad suya en objeto para él (§ 44);  y en  la que el pensamiento es “la determinidad universal, como elemento en el que la idea está en cuanto lógica –no en cuanto formal, sino como totalidad que se desarrolla a sí misma de las determinaciones y leyes propias del pensamiento, totalidad que él se da así mismo, no que le llega ya y se encuentre en sí mismo” (§ 19).

En ese nodo axial de la crítica hegeliana, la razón –la facultad de lo incondicionado que tiene por objeto lo incondicionado o infinito, la identidad originaria del yo en el pensar- en Kant es un yo abstracto que convierte esta identidad pura en su objeto o fin, tomando a ese incondicionado como lo absoluto e infinito, con el resultado de que los conocimientos experimentales sean declarados como no verdaderos (fenómenos) (§ 45). Así cuando interviene la necesidad de conocer esa identidad o la cosa-en-sí-vacía (como plantea Hegel), entendiendo por conocer un saber del objeto con arreglo a su contenido determinado, a las conexiones complejas entre sí mismo con los otros objetos, la Razón Kantiana sólo dispone de las categorías, elevadas a un plano de lo trascendente (§46). Por el contrario, para Hegel el “principio de la experiencia” (§7) es la condición de todo conocimiento verdadero, en la que lo  empírico debe constituir la legitimación del pensamiento y  debe tener en las percepciones una justificación.

De la consideración de la razón como cosa-en-si-vacía, se derivan dos indeterminados: el primer indeterminado es el alma. Bajo este indeterminado en mi conciencia siempre me encuentro a mí mismo como a) el sujeto determinante, b) como algo singular o algo simple abstracto y c) como lo uno y lo múltiple de lo que soy consciente, como idéntico, d) como algo que me distingue a mi en cuanto pensante de todas las cosas fuera de mi.  Este proceder es el proceder de la metafísica tradicional en la que se colocan las determinaciones del pensamiento en el lugar de las empíricas, de las que se estructuran las siguientes cuatro tesis: 1) el alma es sustancia, 2) es sustancia simple, 3) es idéntica numéricamente a lo largo de sus distintos tiempos de existencia y 4) está en relación con lo espacial (47). El segundo indeterminado se genera en el intento que realiza la razón por conocer lo indeterminado del mundo, cayendo en antinomias sobre el mismo objeto, afirmándolas de la misma necesidad de lo que resulta una contradicción. En este punto Hegel comprende que la solución de esta contradicción no recae en el objeto en y para sí, sino que sólo puede advenirla la razón cognoscente en un movimiento de libertad (§48). El tercer indeterminado está dado por lo que Hegel entiende que es el ideal de la razón (§49), correspondiente a Dios como objeto de la razón el cual debe ser conocido, determinado, pensado.  Toda determinación para el entendimiento es un límite, una negación en cuanto tal; así resulta que la realidad total (Dios, Espíritu) sólo se puede entender como ilimitada, como indeterminada. Pero Dios como compendio de todas las realidades deviene, mediante esta forma de comprender el pensar y las determinaciones de lo objetivo, en algo meramente abstracto simple. Así, la determinación de  lo abstracto simple sólo resta la determinidad simplemente abstracta, el ser. Pero para Hegel, Identidad abstracta (el concepto Kantiano) y ser sólo son dos momentos cuya unión es lo que la razón busca (ideal de la razón).

En relación a estos aspectos críticos podemos comprender que para Hegel pensar el mundo empírico significa de manera esencial, cambiar su forma empírica y transformarla en un universal; puesto que el pensamiento ejerce una actividad negativa sobre aquel fundamento; de tal forma, que cuando la materia percibida se determina por la universalidad esta no se queda con su primera figura empírica (§50). “La esencia, la sustancia, el poder universal y la determinación finalística del mundo son para el pensar y sólo para el pensar”. Puesto que como señalábamos al comienzo, para Hegel es el yo –la identidad originaria del yo en el pensar-, el pensar en movimiento y en cuanto actividad concreta en el sujeto como determinación del ser de lo humano (lo humano es humano por ser causado por el pensamiento y sólo por esto. § 2), aquello que permite que el pensamiento se eleve desde la experiencia, desde lo finito y sensible, a lo infinito en cuyo tránsito, punto de partida y de llegada, es el pensar mismo como razón: en el movimiento en el cual la conciencia se hace representaciones de los objetos (en el tiempo) antes de hacerse conceptos de ellos, hasta el punto de que el espíritu que piensa solamente pasando por el representar y aplicándose sobre él, avanza hasta el conocimiento pensante y el concebir (§1). Los productos y actividades del pensamiento están ahí presentes y contenidos en el mundo exterior y en el mundo interior, sin embargo su verdadero contenido se presenta en nuestra conciencia al traducirlo a la forma de pensamiento y del concepto mediante el reflexionar, un momento que articula dos instancias y las sintetiza. No es lo mismo tener sentimientos o representaciones  determinados o penetrados por el pensamiento, que tener pensamientos sobre ellos (§ 2 y 3), Por estos motivos, la finalidad suprema de la filosofía es producir esa reconciliación entre la razón autoconsciente con la razón que-está-siendo (§6). Tesis que Hegel en la fenomenología del espíritu sintetiza en la siguiente proposición: “lo que es racional, eso es efectivamente real, y lo que es efectivamente real, eso es racional” desde el ser de lo humano y el fundamento del “principio de la experiencia”.  Aquello que contiene la determinación de que para la aceptación de un contenido y para tenerlo por verdadero tiene que estar allí el ser humano, tiene el ser humano que encontrar en el mundo exterior, en la experiencia, aquel contenido unido o enlazado con la certeza de sí mismo, en el mundo interior, en la  identidad originaria del yo en el pensar.


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